martes, 23 de agosto de 2011

3º Parte - Capítulo 12

–XII–
Abrió los ojos muy despacio, o por lo menos eso creyó que hacía. La oscuridad era total y no había diferencia alguna en tener los ojos abiertos o cerrados. Sentía que le dolía todo el cuerpo y la humedad gélida le penetraba los huesos, pero lo que más le afligía era su brazo derecho y un punzante dolor de cabeza, como si su cerebro quisiera estallar. Además sentía la piel del cuero cabelludo particularmente fría, húmeda. Al intentar sentarse, algo extraño le recorrió la frente hasta la mejilla. Se palpó el rostro con la mano izquierda y percibió cómo un líquido espeso le cubría la frente y parte de la cabellera.
            <<Sangre>> confirmó al llevarse la punta de los dedos a la nariz. Por un instante sintió nauseas. Continuó buscando con los dedos y encontró el lugar exacto de la herida, arriba de su ojo izquierdo, allí donde termina la frente y comienza a crecer el pelo. Presionó débilmente hasta que el dolor la obligó a ceder. Al tacto no parecía algo grave… Luego llevó la mano izquierda sobre su antebrazo derecho. También estaba ensangrentado, la piel ardía al más mínimo tacto. Trató de mover los dedos de la mano derecha, pero nuevamente un profundo dolor le quitó las ganas de seguir intentándolo. Cerró los ojos y tragó saliva, tratando de contener un sollozo de angustia. Temía ver lo que la oscuridad le ocultaba… pero no tenia opción… Debía ser fuerte. Despejó su mente del dolor y se concentró. Pensó en una única cosa: Luz.
            Erekai meyra ten.
            Una pequeña esfera de luz del tamaño de un puño surgió de la nada y permaneció levitando sobre la palma izquierda de la joven. La luz que emitía era blanquecina, mucho más clara que la luz de las teas, y su alcance también era superior. Erekai, se llamaba en dearin, que en lengua común significaba “La estrella solitaria”. “Cuando las estelas del cielo dejen de iluminar, la estrella caída te dará su luz”. Ese dicho tenía tantos años como los dearin.
Según la leyenda, Anu, hijo de Enos, tuvo una hija ilegitima con Eridice; la estrella más grande y luminosa de la constelación La Peregrina. Pero la recién nacida fue despreciada por su padre, al ver que no poseía la suficiente luz como para permanecer en el firmamento. Su luz era prácticamente imperceptible ante la de las demás estrellas y su padre, fuertemente decepcionado, decidió desterrarla al considerar a su progenie débil e inmerecida de su afecto. Eridice se opuso por completo a separarse de su hija, pero no tenía más que palabras y lágrimas para defenderla. Pronto llegó el día y la hija sin nombre fue entregada al oscuro mundo de los elfos, pero su madre nunca supo donde se la llevaron. Lloró y lloró, pero el Ser Supremo jamás le confesó dónde la había dejado. Eridice abandonó al cruel padre de su hija y juró recorrer el universo hasta encontrarla, o hasta que su luz se agotase en el intento…  
            Margawse miró con temor su antebrazo derecho y un escalofrió le recorrió el cuerpo. Estaba cubierto en sangre y tierra, con la piel desgarrada. Tenía raspones en todo el cuerpo, pero aquellos eran mucho más profundos y sangrantes. La sangre le brotaba como el sudor, cubriéndolo todo. Un nuevo escalofrió la exalto al comprobar que su dedo índice estaba totalmente descolocado en comparación al resto y ni siquiera podía moverlo del dolor extremo que sentía al intentarlo. Débiles lagrimas rodaron por sus mejillas en un sollozo apagado, mudo. Nunca había estado tan herida en su vida. Cuando se quiso dar cuenta, estaba temblando de pies a cabeza. 
            <<Debo ser fuerte. Debo ser fuerte…>> Tales palabras eran sólo eso, palabras, pero repetirlas una y otra vez le dieron fuerzas para ponerse en pie.
            Giró sobre sí misma y observó todo a su alrededor. La luz blanquecina hacía resaltar pequeños brillos aislados sobre la piedra, lo que le llamó la atención de inmediato. Al acercarse notó su procedencia, algún tipo de piedra preciosa. Al fin y al cabo aquello parecía haber sido una mina, aquellas piedras no hacían más que confirmarlo. Más allá de eso, el camino era exactamente igual a todos y ambas direcciones parecían idénticas.  
            <<Caí de espaldas… debo ir en la misma dirección que en la que me levanté mirando…>>
            Se puso el antebrazo derecho contra el pecho para evitar volver a golpeárselo y avanzó con cautela. Caminó largo rato, sin dejar de pensar en aquellas bestias y en… en Self y Alexfre. Los ojos se le llenaron de lagrimas al creer  que no volvería a verlos… pero ya nada podía hacer… sólo salir de allí, haciendo que sus muertes no fuesen en vano. Dieron sus vidas por ella y lo haría valer…
            El camino parecía invariable, recto. El brazo le continuaba ardiendo y la carne latía como si tuviera vida propia, pero el constante andar hicieron que se vaya  acostumbrando al dolor. La pequeña esfera de luz iluminaba de sobra sus alrededores; pero delante siempre había oscuridad, negra y profunda.
<<Como mi futuro… que cada vez se oscurece más y más… ¿Lograré cumplir con mi cometido? Estoy sola… completamente sola… Mi madre, mi madre me ha abandonado, Golthor también… Perdí a mi guardia, a Merithila, a Noelia… Jeffer, Tomas y ahora a Self y Alexfre…>>
Las lágrimas cayeron más gruesas, dejándole el sabor de la tristeza en los labios al pasar por ellos.
            Repentinamente apartó la vista bruscamente hacia un costado. Huesos, sobre el camino rocoso aparecieron trozos blancos e inconfundibles… Volvió la vista y seguían allí, siguió caminando deseando abandonar aquel espectáculo, pero a cada paso la cantidad de astillas y fragmentos aumentaban considerablemente.
            <<Un... cráneo…>>
La joven quedó aterrada al ver la parte superior de un cráneo humano, olvidado entre las rocas. Primero creyó que los huesos eran sólo de animales… pero ya no había dudas de que se equivocaba.
            Iiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaiiiiiiiiiiggggggggghhhhhhhh
            Miro aterrada para todos lados. Era el mismo chillido, el mismo… Una película de sudor frio comenzó a cubrirle la piel y su corazón se aceleró incontrolable.
            <<No, por favor no…>>
            Comenzó a correr entre los huesos sin mirar atrás, debía salir de ahí. De pronto una ráfaga de viento le sacudió la cabellera hacia atrás, Margawse se detuvo inmediatamente. El olor del aire se tornó nauseabundo; lo sentía, sabía que estaba allí aunque no lo viera; lo sabia… Dio cortos pasos hacia atrás sin volver la vista. Dos, tres, cuatro pasos.
            Iiiiiaaaaaaaagggggggghhhh
            Un ser enorme  y deforme se abalanzó sobre ella desde la oscuridad que la antecedía. Margawse tropezó y cayó de espaldas, lanzando un grito de pánico tan agudo y fuerte como el del ser monstruoso delante de ella. Su cuerpo era… No tenía una forma definida, parecía una masa gigantesca adaptada a los límites del túnel de roca. Su boca ocupaba todo su frente, era inmensa, cuadrada. En cada ángulo parecía tener garras en vez de dientes, eran largas… y se movían constantemente. En su interior brillaban cientos de dientes del largo de una palma apiñados unos a otros y retorciéndose sobre sí mismos, como un extraño engranaje.
            Margawse estaba totalmente paralizada; el cuerpo le temblaba incesante y sus músculos habían perdido las fuerzas de moverse. Estaba aterrada, pero no podía separar la vista de aquel ser y sabia que “eso” también la miraba a ella; aunque no le había detectado ojos, sabía que la observaba.
            Iiiiaaaaaaaaaaaaiiiiiiiighhhhhhhhhhh
            La joven lanzó otro grito de estremecimiento ante el chillido de la bestia, pero no conseguía el valor para ponerse en pie y huir; era su fin… La bestia comenzó a sisear con su boca de un lado al otro, abriendo y cerrando las fauces constantemente. Entre los dientes le corrían gruesos hilos de baba espesa que caían al suelo rocoso y el hedor de su aliento era tan fuerte y penetrante que la joven creyó que se asfixiaría… Parecía que estaba a punto de engullirla pero… no lo hizo… No se acercaba más, sólo chillaba y se retorcía a tres metros delante de ella, pero no avanzaba de ahi.
            <<No me ataca…>>
            Margawse se puso en pie temblorosa, aun podía correr hacia el otro lado… o meterse en alguno de los huecos laterales del camino… De pronto una nueva brisa hedionda le llegó por la espalda y se volteó tan rápido como pudo.
            Iiiiaaaaaaaaaaaaaaaggggggggghhhhhhhhhhhhhh
                Una nueva bestia la acechaba por detrás, tan monstruosa o peor que la primera, pero en cuanto la luz de Estrella solitaria le dio de lleno en las fauces descomunales chilló y se retorció frenéticamente. Retrocedió unos metros y aguardó desafiante, con las fauces abiertas al máximo. 
            <<Le temen a la luz>> caviló Margawse, pero antes de si quiera poder alegrarse de aquello se volvió nuevamente en la otra dirección. La primer bestia había aprovechado para avanzar hacia ella. Si no fuera por los chillidos constantes, Margawse no se habría dado cuenta. En cuanto la luz tocó su cuerpo, el monstruo volvió a retroceder y retorcerse.
<<Me  quieren rodear…>>
            Tenia una a cada lado y no podía iluminarlas a ambas al mismo tiempo, en cuanto dejaba de ver a una la otra se adelantaba. Tan velozmente como le era posible la joven llevaba la Estrella solitaria de una dirección a la otra sin respiro; en cuanto se descuidara la engullirían…
            Erekai meyra ten –tomó aire, respiró hondamente y repitió con más fuerza–. ¡ Erekai meyra ten!
            La luz de Estrella solitaria se despegó de la palma de su mano e inundo la caverna. Los chillidos de las bestias que la rodeaban se volvieron increíblemente más fuertes y agudos, gritos desalmados que sólo expresaban un dolor inimaginable e incomprensible… Fue tan solo un instante, pero Margawse sintió cómo en ese segundo un calor sofocante azotó su piel como jamás antes había sentido. En cuanto el ardor fue menguando, la joven comenzó a abrir sus parpados lentamente. Miedo, era lo único que sentía, las piernas le temblaban mucho más que antes y apenas podía mantenerse en pie.
            <<Lo logré… Lo hice…>>
Sin más fuerzas cayó rendida al suelo. En su mano aun brillaba una pequeña luz titilante, apenas suficiente para iluminarle la palma; tan insignificante como la luz de una vela. Intentó ver a su alrededor, pero la oscuridad había recuperado el terreno que había perdido y era de un negro espeso, totalmente inquebrantable para sus ojos. Pero estaba sola, lo sabía. No había más chillidos, no había más monstruos… Lo había conseguido.
            La Ascensión. “La estrella solitaria vuelve al firmamento”. La  luz invocada podía ser tan fuerte que si se abría los ojos en aquel instante cegaba la vista para siempre. Una faceta superior del hechizo Estrella solitaria, que sólo los grandes magos de Tierra Mágica podían enorgullecerse de haber invocado. Poseedores de una fuerza interior y concentración únicas… Y ella lo había hecho… Debería estar feliz por aquella hazaña, pero su cuerpo aún era recorrido por temblores de pánico y sus mejillas seguían siendo surcadas por débiles lágrimas. No sabía que sentir… Estaba débil, muy débil…
            No supo precisar cuánto tiempo había permanecido recostada sobre la roca sólida, pero fue bastante. Cuanto intentó ponerse en pie se sintió mucho mejor, más fuerte, aunque no por ello dejó de ayudarse apoyando la mayor parte de su peso contra el muro. Siguió la marcha por el estrecho túnel lentamente, tanto por cansancio como por precaución. Cuidaba cada paso y llevaba lado a lado los restos de luz de su Estrella solitaria, comprobando la distancia entre los muros y lo que había justo delante de ella. Aunque la luz era efímera, servía para mantener a raya a la oscuridad y con suerte no se extinguiría hasta llegar al otro lado…  Si llegaba…
            De pronto uno de sus pies queda adosado al suelo. Tiró con más fuerza y logró zafarse pero… ¿Qué era aquello? Se agachó e iluminó donde había pisado, pero no veía más que una mancha oscura al lado de un largo hueso blanco. El hueso no era nada nuevo, estaban por doquier, pero la mancha no la había visto antes… La tocó con sus dedos. Al levantarlos, un espeso hilo oscuro unía la mancha con las yemas de sus dedos y se extendía mientras más los levantaba, hasta cortarse al ponerse de pie. No tenía ni la menor idea de lo que era… Parecía oscuro y pegajoso como la brea, pero la mancha era más blanda. Cuando se llevó los dedos a la nariz le dieron arcadas y si hubiera comido recientemente hubiese vomitado de inmediato. El olor le recordó el aliento hediondo de las bestias que la habían atacado… ¿Sería saliva? Sea lo que fuese aquella mancha se lo encontró varias veces más. A cada paso que avanzaba daba con más, al punto de formarse casi senderos de extraña baba oscura. Trató de no pensar en lo que sus ojos veían y avanzar hasta salir de allí.
<<Cada paso es un paso más cerca del otro lado.>> Se decía a sí misma, incluso quiso creer que también era un paso más cerca de volver a la Tierra Mágica, un paso más cerca de su madre. Pero el hedor era tan penetrante que invadía hasta sus pensamientos y le impedía despegar su mente de aquel ambiente mortecino y repulsivo.    
Se detuvo tres veces con arcadas tan fuertes que pensó que vomitaría sus propios órganos, pero de su boca no salía más que una saliva cristalina. A la mañana de aquel día había comido sólo pan y hacía horas que lo había digerido, no tenía nada que expulsar… Aquella mañana… Parecía que había pasado una eternidad desde aquel entonces…
A la cuarta vez que se detuvo vio algo que tampoco había visto hasta entonces, algo que además de asco le dio un profundo temor. Un suspiro se ahogó en su garganta y sus ojos dejaron de parpadear. Justo delante de ella pendía una especie de… de saco. Un bulto envuelto en algo que parecía la misma sustancia viscosa que cubría gran parte del suelo pero en una cantidad mucho, mucho mayor. La suficiente como para mantenerlo colgando del techo rocoso del túnel en el que se encontraba...
Permaneció inmóvil, petrificada, sin comprender lo que veía hasta que reunió el valor suficiente para acercarse más. Dio minúsculos pasos y arrimó la débil luz titilante que aún brillaba suspendida sobre su palma izquierda y lo vio… Vio lo que jamás hubiese esperado encontrar. Instintivamente dio un brusco paso hacia atrás y tropezó cayendo al suelo. Su respiración se aceleró incontrolable y su corazón golpeaba su pecho con tal fuerza que parecía querer escaparse de su cuerpo. Pronto un constante jadeo hirió el silencio reinante pero se esforzó por no gritar… Con el paso de los segundos sus latidos se fueron calmando al igual que el hambre de sus pulmones. Se puso en pie con cuidado y rodeo el bulto pegajoso sin separarse del muro.  Jamás lo olvidaría. Las facciones humanas eran claramente reconocibles… Aunque mantuvo los ojos cerrados al rodearlo, la imagen aún seguía palpitante en su mente…
Del otro lado, los muros se fueron distanciando el uno del otro al igual que el techo del suelo. Pronto dejó de verlos, el estrecho túnel parecía haberse convertido en una amplia cámara subterránea… Margawse mantuvo la calma y buscó uno de los muros para seguir avanzando sin perderlo de vista, casi rosándolo constantemente con el hombro. De pronto algo cayó sobre su cabeza, liviano, suave. Se dio vuelta de inmediato sin saber qué encontraría, pero nada había a sus espaldas. Alzó la vista y un grito agudo se le escapó de la boca, volviendo a sus oídos más de una vez por el marcado eco de la cámara. Decenas… No, más, muchos más… Incontables sacos pendían a uno o dos metros sobre su cabeza, todos cubiertos de aquella sustancia espesa, viscosa, que goteaba lentamente sobre el suelo.
Se posó contra la roca del muro y respiró tan hondo como pudo… Cuanto más avanzaba, peor era lo que sus ojos debían ver… ¿Seria el camino correcto..? ¿Saldría de allí …? No debía dudar, no podía…. Si caía en la desesperación no habría vuelta atrás… Jamás saldría. Recuperó la postura y continuó caminando bordeando el muro, tratando de evitar pasar justo por debajo de alguna de esas cosas, pero había tantas que era algo prácticamente imposible.
Al tiempo que avanzaba intentó comprobar el contenido de los sacos, al ser tantos era imposible que fueran… que fueran todas personas… Efectivamente, Margawse identificó rasgos característicos de varios animales. La mayor cantidad eran lobos o perros, o ambos, también había muchos animales más pequeños como ardillas o alguna especie de roedor similar… Gatos, e incluso un oso… Muchos sacos estaban vacíos o sólo con huesos. Y el olor… El olor era repulsivo… Pronto ya no pudo mirar más; bajó la vista rápidamente tratando de contener su estomago, pero fue en vano. Se agachó repentinamente, tosiendo y con profundas arcadas, pero nada salía de su garganta.
<<¿Y eso…?>>
Un débil quejido llegó a sus oídos desde la distancia. Hasta entonces, el silencio se rompía sólo si ella lo decidía… ¿Y si era otra bestia? A pesar de que sabía cómo vencerlas,  estaba demasiado débil y no tendría ni la menor posibilidad ante un nuevo enfrentamiento… Pero no, ese ruido no era en absoluto parecido… Parecía mucho más… humano. ¿Acaso era posible? Parecía una persona forcejeando…. Como si tuviera la boca tapada… ¿Pero dónde? Debía buscarlo, o buscarla… Si había alguna persona allí con vida no podía abandonarla, pero si se alejaba demasiado del muro se podría perder…
Margawse no tardó demasiado en tomar la decisión, se irguió nuevamente y avanzó siguiendo aquel débil quejido. En cuanto se despegó del muro se sintió desnuda, indefensa, pero al sentir que a cada metro que recorría bajo esos bultos escuchaba con más claridad el sonido que perseguía, recobraba las fuerzas necesarias para no desesperarse; hasta que por fin fue claramente audible. Había llegado; la persona debía estar allí, o cerca, muy cerca.  
Uno a uno, la joven miró uno por uno cada saco que la rodeaba, buscando reconocer facciones humanas, pero no lograba dar con ningún saco así. Pero allí estaba el sonido, a su alrededor, debía ser allí. Ya había gritado, no perdería nada si volvía a hablar…
–¿Hay alguien…? ¿Alguien me escucha? –trató de hablar en un tono bajo, pero aquel lugar era tan grande y había tanto silencio que las débiles palabras parecieron retumbar en la oscuridad. 
Otro grito instintivo escapó de sus labios al recibir la respuesta. Uno de los bultos se movió, o mejor dicho, lo que estaba en él. Unos tres metros a su derecha y más o menos un metro sobre su cabeza. Allí estaba. A pesar del lugar en el que se encontraba un pequeño atisbo de alegría nacía en su interior. Se acercó hasta quedar justo debajo, pero aún estaba muy por arriba de ella, si estiraba el brazo podría llegar a tocarlo… ¿pero serviría?
–Aquí, aquí estoy…
La persona volvió a gemir con fuerza y empujó tanto como pudo. Por más opuesta que era la imagen, Margawse no pudo evitar pensar en sus similitudes con un bebé aún dentro del vientre de su madre. Ser madre era uno de sus máximos sueños. Más de una vez fantaseaba y jugaba con sus amigas a ser mamás; se juntaban todas en el mismo cuarto y se ponían almohadas de seda y plumas bajo los anchos vestidos de sus propias madres y simulaban hablarle a la falsa pansa hinchada con dulces palabras, acariciándola y todo. Se preguntaban una a la otra quién era el padre y cada una solía nombrar al chico que le gustaba en aquel entonces… Yliria solía decir un nombre distinto cada semana y las demás siempre se burlaban de ello, pero ella insistía que no era nada malo, que sólo era muy enamoradiza, incluso una vez nombro a Uriel, que era feo feo, lleno de pecas enormes… ¿Hacía cuánto de eso…? Ya no lo recordaba, además aquel no era lugar para sueños…  
La mirada se le iluminó por un instante, recordó que aún tenía su daga.
–Aguardad, ya os liberaré…
Justo antes de tomar el arma se dio cuenta de que si usaba la mano izquierda, la poca luz que aun quedaba de su Estrella solitaria se extinguiría, y no podría volverla a invocar con lo débil que se sentía... No podía perder aquella pequeña chispa de luz… Podría significar la diferencia entre la vida y la muerte en aquel sitio, no podía dejar que se apagase. Pero tampoco podía usar su mano derecha… Le dolía mucho, con pensar en ello parecía que le dolía aún más. Volvió a mirarse y las ganas de llorar también retornaron… ¿Pero qué otra cosa podía hacer?
Contuvo la respiración por unos segundos, como si aquello alivianara el dolor que sentiría al tomar la daga con la mano derecha. Apoyó con la mayor delicadeza posible sus dedos pulgar e índice sobre la empuñadura y tiro de ella hasta tener el arma en la mano. Un dolor estremecedor le recorrió el brazo. Alzó la mano hasta la base del saco sobre su cabeza con cuidado.
<<Debe ser algo blando, seguro que no deberé hacer fuerza para abrirlo -se esperanzó la joven.>>
Primero hundió la punta del cuchillo lentamente, comprobando el espesor y resistencia del bulto colgante. Penetró con facilidad y sobre el filo comenzó a correr un hilillo verde claro.
–Cuidado, abriré el saco y estáis a mas de dos metros del suelo. Preparaos… –le murmuró al ser tras la película verdosa.
Con un solo movimiento suave, la capa exterior del saco se abrió como si estuviese cortando un pan de manteca. Inmediatamente un liquido menos espeso y más claro que la baba que lo cubría salió despedido en grandes cantidades. Margawse dio un pequeño salto instintivo hacia atrás, para evitar que la sustancia la salpicara y a la vez lo que cayó un instante después. Sobre el suelo yacía una persona acurrucada hacia su vientre, cubierta por completo de aquel líquido extraño. A pesar de que se notaba que aún tenía ropa, el cuerpo parecía tiritar incontrolable.
–¿Estáis bien…? –le preguntó la chica.  
El ser se volteó y clavó sus ojos azules sobre los de ella, asintiendo débilmente. Margawse lo reconoció de inmediato y se lanzó sobre Alexfre para darle un fuerte abrazo.
<<¡Está vivo! ¡Vivo! Y Self seguramente también lo esté. No estoy sola, no me han dejado… Saldremos de aquí –pensó imbuida por esperanzas renovadas–. Lo lograremos, Los Tres no me han abandonado>>.
 La alegría que la envolvió le hizo olvidar de todo, por un instante se olvidó de donde estaba y todo lo malo que le había sucedido. Incluso del dolor de su mano y de… ¡De Estrella Solitaria!
Tan rápido como lo había abrazado se despegó de él, confirmando sus temores. Ya no podía ver nada; se había extinguido… Cegada por la felicidad de volver a ver a su compañero, descuido la posición de su mano izquierda… Estaban a oscuras, completamente a oscuras… Y pegajosos… Luego del abrazo, Margawse estaba tan cubierta de aquel liquido como Alexfre…
–¡Tonta! ¡Tonta, tonta! –pensó la chica en voz alta.
–¿Qué decís? ¿Qué paso…? ¿Qué era esa la luz…? –preguntó el joven, al tiempo que se trataba de quitar en vano la sustancia pegajosa de las ropas.
–Era mi Estrella Solitaria, y ahora está extinta… Se apagó…
–¿Qué? –Alexfre no entendió de que estaba hablando pero no le importó demasiado profundizar en ello, tenía una pregunta más importante que hacer– ¿Dónde estamos…? ¿Dónde está Self?
–No sé… No sé donde estamos ni sé donde esta Self… –reconoció Margawse–. Cuando desaparecisteis en la oscuridad, Self siguió corriendo conmigo unos metros más, pero no tardó en quedarse a pelear como hicisteis vos… –de pronto se sintió obligada a decir algo mas–. Gracias… Gracias por arriesgaros así… –estaba a punto de agregar “por mi”, pero se calló. Pensar eso era de niña y ya no lo era. Seguramente lo hizo porque era su deber y punto.
–No… Yo debo agradeceros… Me sacasteis de ahí. Ya me había resignado a morir cuando… cuando escuché un grito, vuestro supongo –buscó el hombro de la joven hasta dar con él–. Ahora necesitamos luz si queremos salir de aquí… Lo que vi al caer ¿Lo podéis volver a hacer? –sospechaba que se trataba de magia, así que preguntó sin vueltas. 
–No, era un hechizo de luz sencillo, pero estoy muy agotada como para repetirlo… Y las alforjas con mis cosas se me cayeron al correr… –se lamentó Margawse, incluso avergonzada consigo misma por no cuidar mejor sus antorchas.
Alexfre no respondió, aunque era obvio que también había perdido sus alforjas. Igualmente la joven escuchó cómo se comenzó a palpar la ropa; parecía buscar algo.
–Aún tengo esto –apuntó el joven.
–¿Qué?
–Mi aceite. Cuando encendí la antorcha lo puse en la bolsa de mi cinto junto con el pedernal, en vez de en las alforjas. Si sólo pudiéramos encontrar un palo, o lo que sea…
–¿Sirve un hueso?
–Uno largo ¿Qué? ¿Habéis visto donde hay un animal muerto o algo así? –Alexfre no sabía de dónde Margawse sacaría un hueso.  
–Están por todas partes… –dijo la joven. Alexfre no contestó a ello, solamente tragó saliva, sabía que no le mentía; por lo que sintió cómo el temor brotaba en su interior al imaginárselo. Un temor que debía asimilar antes de hablar. Pero fue Margawse la que rompió con el lapsus de silencio–. Son huesos viejos, secos y bien blancos.
–Bien… busquemos, pero no os alejéis de mí.
Ambos se arrodillaron, tanteando el suelo con las manos en busca de algo útil. Como había supuesto Margawse, no tardaron en dar con varios. La mayoría no servía, eran piezas pequeñas o directamente trozos de algo más grande. Muchos estaban sumergidos en las manchas de líquido pegajoso, pero como ambos estaban impregnados de aquella sustancia tanto como los huesos, a ninguno le importó. Buscaron por varios minutos, hablándose cada tanto para corroborar distancias y sin pensar demasiado en lo que estaban tocando, sólo en comprobar si era útil o no.
            –Éste, éste podría servir –clamó Alexfre interrumpiendo la búsqueda. Era un hueso bastante largo, unos cuarenta centímetros aproximadamente, y por la forma parecía de un muslo de un animal muy grande… ¿Cómo se llamaba? Alexfre aún recordaba las charlas que tenía con su abuelo paterno. Sabía muchas cosas, era barbero y curador, tenía un libro de Necenia que usaba para curar con nombres de muchas partes del cuerpo, inclusive huesos. Una vez dieron con el esqueleto carcomido de una cabra, cerca de su casa y él le indico casi todos los huesos visibles del cadáver; Alexfre había quedado asombrado con tanto saber… Ya no se acordaba de ni uno, pero recordaba el buen momento que había pasado aquel día con su abuelo. Murió cerca de su decimo día del nacimiento, no recordaba bien qué día, pero hacía mucho calor…
            Alexfre se levantó la cota de mayas, corrió el jubón y dio un tirón a su camisa de lino para quitar la parte que estaba debajo de sus pantalones hacia fuera. Buscó un borde y dio un nuevo tirón para cortar un retazo. 
            –¿Qué hacéis? –inquirió la joven, que sólo oía un sonido familiar, pero sin lograr reconocerlo.
            –Corto un pedazo de mi camisa para ponerle al hueso –cortaba de su camisa porque  consideraba que la túnica con capucha de lana oscura que traía encima era de mucha mejor calidad y no quería arruinarla, aunque con tanta de esa sustancia repulsiva pegada...
            Acto seguido envolvió un extremo del hueso en la tela y luego la sumergió unos centímetros en el frasco de aceite.
            –Ten –el joven le entregó la rebuscada tea a Margawse, indicándole a la altura que debía sostenerla–. Así, aguardad así –ella acotó lo que le decía en silencio.
            Alexfre buscó su pedernal y luego su daga. Tras unos choques las chispas saltaron y una alcanzó el lino embebido y lo envolvió en una cálida llama anaranjada. La pálida luz iluminó sus rostros, haciendo danzar sus contornos con el crepitar del fuego, creando marcadas sombras o ahuyentándolas de un instante al otro.
            –Estáis herida… –Afirmó Alexfre al notar el brazo cubierto de sangre seca, al tiempo que se acercó a ella para observar más detenidamente.
            –Sí… Me golpeé al correr… Me duele mucho y apenas puedo mover la mano, pero la sangre son solo de los raspones, no es nada grave… Un dedo, creo que lo tengo roto… –Margawse obvió hacer algún comentario sobre el aspecto del joven que, según ella, había perdido todo su atractivo, un líquido espeso y verdoso lo cubría de pies a cabeza. La rebelde melena negra que lo caracterizaba carecía de brillo y estaba aplastada contra su rostro, tapándolo casi hasta la nariz, Alexfre se corrió apenas los cabellos enfrente de los ojos. Parecía más un monstruo de fantasía que una persona y si no supiera que era él, hubiese salido corriendo.
            –A ver, dejadme mirar mejor –el joven tomó con cuidado el brazo de la chica y lo examinó con detenimiento. Margawse dudaba de las cualidades del joven como curador, pero no se opuso a ser examinada. Los dedos largos y callosos eran el doble de grandes que los suyos y ni la mitad de suaves, pero le gustaba su tacto… hasta que llegó a tocarle la muñeca. Un débil quejido escapó de sus labios.  
            –¿Ahí os duele más no? –preguntó el joven, la chica asintió–. Tenéis la muñeca torcida y el dedo pequeño dislocado… Os pondréis bien.
            –Gracias… –en realidad su diagnostico no la curaría ni le quitaría el dolor, pero se sintió mejor al recibir un poco de atención…
            Alexfre tomó la antorcha, la alzó sobre su cabeza y giró sobre sí mismo observando lo que los rodeaba.
            –¿Allí estaba? ¿En una de esas cosas…?
            –Sí… –confirmó la joven, Alexfre trago saliva. Las hileras de sacos verdosos se extendían ante sus ojos hasta que la luz de las llamas no los alcanzaban, perdiéndose en la oscuridad.
            –Aquí traen a sus presas… Parece que no se las comen al cazarlas… –dijo el joven, con la mirada fija en uno de los bultos con el cadáver de un gato en su interior. Habló en un tono tan bajo que pareció que simplemente pensó en voz alta, igualmente Margawse lo escuchó y se limito a asentir–. Vamos… Busquemos a Self, si está vivo lo encontraremos… –clamó, ahora sí, dirigiéndose a la joven.
            –Sí, pero antes encended otra antorcha. Puede que nos haga de mucha falta… –dijo la chica temiendo lo peor.
            –¿Por? –tanto ella como Alexfre sabían que el aceite que les quedaba era muy poco y si lo gastaban en más de una antorcha a la vez probablemente se quedarían sin luz antes de salir de allí.  
            –Las bestias… Esas cosas que nos atacaron… Le temen a la luz. Si nos vuelven a atacar y nos apagan la tea… o si nos rodearan… –respondió la chica, casi sin terminar las oraciones que empezaba, temía que el joven no le hiciese caso–. Necesitamos más de una prendida al mismo tiempo –terminó diciendo con decisión–. Sé lo que os digo. 
            Aexfre permaneció callado un instante con la mirada ida, recordando los detalles de su anterior enfrentamiento. 
            –Entonces… la vez pasada no fue una brisa casual  la que apago la antorcha ¿no? Fue la cosa que nos atacó…
            –Sí… Cuando quisieron atacarme soplaron con fuerza, pero mi Estrella solitaria no era una llama que se pudiera apagar así. No pudieron atacarme, parecía que la luz las quemara…
            No hizo falta más explicaciones, Alexfre se puso a buscar otro hueso apto y pronto Margawse tuvo su propia tea. Esta vez, al comprobar que la túnica de lana había quedado arruinada, corto un pedazo de esta en vez de su camisa. Sin más, ambos avanzaron lentamente con las vistas en lo alto, observando cada uno de los sacos.
–Tenemos que darnos prisa…. Esas cosas no deben andar lejos… –musitó Alexfre, pero la intención no bastaba, si querían revisar bien cada saco debían mantener ese ritmo. Incluso si hicieran el doble de rápido, o el triple, igual tardarían una eternidad en mirarlos todos. Cada vez parecía que había más, hileras e hileras de sacos que se extendían ante sus ojos sin límite aparente.
Pronto se dieron cuenta que sólo lo encontrarían si gritaban su nombre y Self respondía con algún sonido como había hecho Alexfre. Pero aquello traía consigo un riesgo enorme… Podían atraer a las bestias monstruosas en vez de dar con Self.  Margawse se había esforzado por no gritar cuando estuvo sola, aún así no pudo contenerse en determinado momento y fue gracias a ello que encontró a Alexfre… Era la única forma… Debían arriesgarse si querían encontrarlo. Luego de discutirlo unos momentos también decidieron que era mejor si se separaban, pero no demasiado, debían verse el uno al otro en todo momento con sólo girar la cabeza. Es así como continuaron su búsqueda, con unos pocos estadales en medio de ellos y gritando el nombre de su compañero cada tanto, con las suficientes pausas como para esperar a recibir respuesta antes de volver a gritar.
Hasta que lo escucharon…
Iiiiiiiaaaaaahhgggggggggghhhh

Su mente recobró el conocimiento lentamente. Se sentía cansado, muy cansado. Lo suficiente como para ni siquiera intentar abrir los ojos. Aún retenía las cenizas de un extraño sueño, pero por más que intentase recuperarlo ya se había desvanecido, ni siquiera le quedaban algunas imágenes… Nada, sólo recordaba que hasta hace unos segundos había tenido un sueño tan vívido que lo creyó realidad, pero nada más, no podía recordar cómo había sido, sólo que fue un sueño y que ahora estaba despierto. Pero la realidad no llegó a él hasta que abrió los ojos.
Oscuridad, sus ojos no veían. Sabía que los tenia abiertos, pero no veían. Repentinamente una decena de imágenes penetraron su cerebro como si fuesen puñales contra su vientre.
<<No fue un sueño… –Los recuerdos de la batalla dentro de la Caverna de los condenados inundaron su mente abruptamente. –Aún sigo allí… Aún estoy vivo…>>
De pronto se dio cuenta de que se sentía extrañamente cómodo, de la barbilla para abajo sentía como sus músculos descansaban cubiertos de algo… algo cálido. Una calidez similar a las de unas gruesas mantas de lana en una noche de invierno…
<<¿Dónde estoy…?>>
La respuesta llego cuando se movió unos centímetros. Inmediatamente se dio cuenta que su cuerpo estaba sumergido en algún liquido. Continuó moviendo sus manos y las sacó hacia fuera, se tocó a sí mismo una con la otra y luego se palpó el rostro. El líquido que lo cubría era viscoso y espeso.
La sensación de comodidad desapareció salvajemente, siendo reemplazada por una desesperación en ascenso. Trató de ponerse en pie, de estirar las piernas y de extender los brazos, pero nada de ello pudo hacer; una cubierta extraña lo tenía apresado en una posición similar a la fetal. El ritmo de su corazón se aceleró desenfrenadamente y comenzó a gritar al tiempo que pataleaba y golpeaba aquella película. No cedía, sólo se estiraba unos centímetros y se volvía a contraer.
            Self
            Alguien dijo su nombre. El sonido era lejano y débil… Incluso dudó que sea un engaño de su mente. El aire, de pronto sintió que se le agotaba repentinamente, comenzó a inhalar y exhalar por la boca rápidamente, desesperado, sin poder evitar  jadear al hacerlo. Luego volvió a escucharlo y sus ojos volvieron a ver. Un pequeño punto anaranjado brillaba a la distancia, tras la película que lo apresaba. ¿Sería la Muerte que venía por él? Continuó gritando y pataleando cuanto pudo. El punto anaranjado se aproximaba, creciendo y brillando con más fuerza a cada segundo. Su nombre llegó una vez más a sus oídos, más claro. Esa voz… conocía esa voz. La luz se aproximó a él velozmente, al tiempo que una segunda apareció a su izquierda. Pronto ambas estuvieron a su alrededor, danzaban y saltaban agitándose en la nada como almas jugando en el más allá…
            <<¿Es allí donde estoy?>>
            Siguió escuchando su nombre, varias veces y a coro. Eran las luces danzantes las que lo pronunciaban… Conocía sus voces… Sabía que sí. Lo llamaban, pedían por él… hasta que otro sonido tapó cualquier otro, tapó todo…
            Iiiiaaaaagggggggggighhhhhhhhhhhh
            <<No, otra vez no… No ¡Nnnoooooooooooooooooooo!>>
            Su pequeña prisión se quebró bajo sus piernas; sintió como caía hasta dar contra un suelo duro y terroso.

–¡Self, levantaos! –gritó Alexfre al hombre aún caído sobre el charco de aquella sustancia pegajosa–. ¡Rápido!
Al escuchar con claridad aquella voz, la neblina que cubría sus pensamientos se diluyó. Se levantó extendiendo los brazos hasta quedar de rodillas y parpadeó varias veces antes de poder distinguir algo… Antes de poder distinguirlo.
<<¡Está vivo, Alexfre está vivo! –se alegró al verlo a su lado.>>
–¡Vamos Self, arriba! –gritó la joven de cabellos oscuros a tan sólo unos metros, agitando de un lado a otro su tea de hueso, como si estuviese peleando contra la oscuridad que los envolvía.
Al darse cuenta que Margawse también estaba con vida, la alegría que brotó de su corazón fue total, pero pronto comprendió que aquel no era momento para dejarse llevar por ella… Lo vio, delante de la chica se alzaba un monstruo gigantesco de formas irreconocibles e inmediatamente supo que fue aquello lo que los atacó antes. Cuatro colmillos inmensos se agitaban desde las comisuras de su boca monstruosa tratando de asestar a la joven, pero al acercarse a la luz de las llamas se contraían con furia.
Iiiiaaaaaaaaaaaaaaaaggggggggggggggggghhhhhh 
El grito retumbó en sus oídos y ahogó toda emoción, dejando a flote un profundo temor. Una ráfaga hedionda golpeó sus rostros y zamarreó las llamas de las teas al punto que parecieron apagarse.
–¡Rápido, encended esto! –clamó Alexfre indicándole a Self lo que traía consigo: un hueso largo y uno de los frascos de aceite que habían llevado. En su mano izquierda, además de la tea de hueso, traía la daga con la que lo había liberado–. Tomad la daga –clamó dejándola caer de su mano– y cortad tela, de prisa. ¡Le tienen miedo a la luz!
Self tomó el aceite y el hueso inmediatamente y luego buscó la daga sobre el suelo.             Iiiiiiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaghhhhhhh
Esta vez el aliento de la bestia embistió las llamas que portaba Margawse con tal fuerza que logro consumirlas, la joven dio un paso en falso hacia atrás y trastabillo, cayendo de bruces al suelo sin más defensas que un grito de pánico. Tanto ella como el monstruo gigantesco quedaron completamente ocultos en una profunda oscuridad hasta que cuatro enormes colmillos aparecieron rasgando las sombras, brillantes como el acero a la luz de la luna.
–¡Margawseeee!
Alexfre corrió hacia la joven y en cinco largas zancadas llegó hasta ella y la enorme bestia, que estaba lanzándole un feroz ataque que se detuvo repentinamente al sentir la luz dañina sobre su cuerpo monstruoso. Lleno de cólera, Alexfre no se detuvo ni por un instante y le asestó una salvaje estocada con su antorcha justo en el centro rojizo de sus fauces. Un chillido ensordecedor lleno de dolor, inundó los oídos de los presentes y persistió varios segundos, al tiempo que la llama se extinguía en la garganta de la bestia, que no dejaba de agitarse y retorcerse enfurecida. La única luz se fue consumiendo junto con el fuego, hasta significar un simple punto brillante  que se alzaba y movía fieramente en la oscuridad.
<<Ahora.>> Pensó Self.
Un repentino estallido reavivó las llamas, al igual que al profundo y constante chillido de dolor. El frasco de aceite reventó justo en las fauces del monstruo e infinidad de hilos de liquido llameante se extendieron y envolvieron a la bestia en un parpadear de ojos. Alexfre tomó del brazo a la chica para levantarla y ambos se alejaron tan rápido como les fue posible hacia donde se encontraba Self. La bestia se irguió en lo alto como una torre en llamas, inmensa, casi unos diez metros sobre sus cabezas agitándose de un lado al otro, tratando de desprenderse en vano de su manto de fuego que continuaba creciendo descontroladamente. Al retorcerse, chocó contra todos los sacos que pendían a su alrededor envolviéndolos en llamas a estos también. El fuego fue saltando de uno a otro hasta que  toda la cámara quedó iluminada por centenares de esferas de fuego que rodeaban al descomunal pilar llameante, que hasta hacía unos segundos había sido la bestia que los había atacado, incluso su chillido insoportable se fue apagando detrás del crepitar de su nueva piel anaranjada.
La creciente luz ahuyentó la oscuridad de todos los rincones a donde llegaba la vista y pudieron apreciar la inmensidad de la cámara en la que se encontraban. Sin intenciones a presenciar el final de aquel espectáculo, los tres jóvenes echaron a correr tan rápido como pudieron hacia la primera salida que encontraron, uno de los tantos túneles que perforaban los muros de aquel lugar. Pronto el infierno que habían creado quedó a sus espaldas.
Sin luz, sin armas, sin comida y completamente perdidos, los tres se sintieron extrañamente a salvo…


domingo, 14 de agosto de 2011

3º Parte - Capítulo 11

–XI–

La noche era oscura y pesada; el cielo lucía completamente negro, sin luna;  cubierto por un grueso manto de nubes espesas que no dejaban entrever ni siquiera una estrella.
Llegaron a Dermathea cabalgando muy despacio y juntos. Los tres hombres en hilera horizontal, muy pegados, y Margawse algo más alejada. Desde que dejaron el Cruce, Tomas ya no pudo cabalgar sin que alguien lo sostuviese, por lo que Self y Alexfre, uno a cada lado del veterano, tuvieron que sostenerlo con una mano, mientras que con la otra controlaban las riendas de sus monturas.
Al cruzar las empalizadas por el arco de la entrada central, dos guardias sentados alrededor de una lámpara de aceite los miraron de reojo desconfiados, pero en cuanto distinguieron a la débil luz los blasones de Gore volvieron a su charla sin más. Evidentemente no era la primera vez que soldados de Gore, probablemente del Cruce, llegaban a cualquier hora a las puertas de Dermathea.
            Recorriendo el camino central del pueblo llegaron hasta el, probablemente, único lugar con las luces encendidas y las puertas abiertas. Una taberna, o por lo menos eso daba a entender el nombre tallado sobre un trozo de madera que colgaba la derecha del portón, también de madera: “La barriga infranqueable”. Margawse fue la primera en desmontar, seguida por Self y Alexfre quienes, entre ambos, ayudaron a bajar del caballo a Tomas. En cuanto entraron, el aire pesado y estancado del recinto les devolvió la calidez a la piel de sus rostros, provocando cierta satisfacción. El contraste con el frío nocturno era notable.
Los pocos hombres sentados hacían honor al nombre del lugar, luciendo anchas barrigas hinchadas de vino y cerveza, pero ninguno de ellos se mostró sorprendido al verlos.
–Ah, bienvenidos seáis goretios –clamó un hombre de gruesa cintura y hombros anchos, acercándose a ellos–. Veo que vuestro amigo ya ha empezado a relajarse –dijo con una leve risa. Self y Alexfre arrastraban con dificultad a Tomas, apoyado sobre sus hombros. Evidentemente aquel sujeto pensaba que estaría ebrio hasta la médula–. Pero… Sois nuevos ¿no? digo, en el Cruce. Venga, os mostraré el lugar.
            –¿Sois el dueño? –preguntó Alexfre.
            –Melingar a sus ordenes –dijo el hombretón asintiendo.
            –Nuestro amigo no está borracho, está… enfermo. ¿Tendréis alguna habitación? –habló Self. La vista del posadero se fijó en él y luego en el cuerpo semiconsciente de Tomas.
            –Sí, claro –la alegría innata con la que los había recibido se apagó repentinamente en su rostro, se dio cuenta que “enfermo” bien podía ser también “herido”, pero no por ello el dueño del lugar dejó de ser cortés–. La “Barriga Infranqueable” siempre ha cuidado de los hombres del Cruce –terminó diciendo con una sonrisa forzada en los labios–. Acompañadme –señaló unas escaleras y se dirigió hacia ellas. El resto lo siguió.  
            Mientras subían, se percataron de que el lugar no sólo era una taberna, sino también prostíbulo, con las pequeñas habitaciones en la parte de arriba. Varias chicas de diferentes edades y apariencias deambulaban entre las mesas de los clientes asiduos, o simplemente se reposaban sobre la baranda de madera del balcón en el que desembocaba la escalera, que justamente estaban subiendo. Una moza de no más de veinte años y de rostro bastante agraciado, posó una mano sobre el hombro de Alexfre al verlo pasar y, en cuanto éste la miró, ella le guiñó un ojo y le sonrió. 
            –Una lástima que su amigo esté enfermo, se perderá la diversión… Por suerte ustedes están bien sanos –dijo Melingar con una carcajada, haciendo rechinar con fuerza los tablones de madera bajo su peso al andar.
            <<Y podremos gastar nuestras monedas aquí ¿no?>> pensó Self para sí, pero pronto se dio cuenta de que estaba equivocado. Melingar no tardó en ofrecer aquella chica a Alexfre.
            –Por supuesto, sin cargo, como para todos los soldados del Cruce, si señor –agregó a lo último, ya que los consideraba nuevos y les despejo la duda que seguramente deberían tener.
            Aunque no les importaba aquel lugar en absoluto, debían aparentar que si ¿sino para que fueron allí soldados con el blasón de Gore? Además el dueño del lugar se engañó sólo antes de que pudieran inventar alguna historia o incluso seguir haciéndose pasar por sir Jerek y compañía, pero mejor. Cuanto menos preguntas, mejor. Además, al día siguiente ya se habrían ido. Pero aquella noche estaban allí y no sería acorde rechazar la hospitalidad de Melingar que, evidentemente, tenía alguna especie de “pacto” con el Cruce Oriental. Y por lo visto Alexfre también lo consideraba así, ya que aceptó el ofrecimiento, aunque sin poder evitar sonrojarse. Margawse estaría vestida como un hombre, pero no lo era, y seguramente su mirada penetrante clavada sobre él lo incomodó bastante.
            –Vamos, vaya con tranquilidad. Yo me encargo de ayudar a vuestro amigo –clamó Melingar, al tiempo que hacía señas de ocupar el lugar de Alexfre para ayudar él mismo a cargar a Tomas junto con Self. Y así fue, Alexfre se fue tras la muchacha y Melingar ocupó su lugar, pero sin dejar de parlotear lo buena que era su relación con el Cruce.
            En cuanto entraron en una de las tantas habitaciones, depositaron a Tomas con cuidado sobre la rustica cama de madera, centro del recinto.
            –Decidme la verdad, no hace falta mentirle a Melingar ¿Qué es lo que tiene vuestro compañero? –dijo el dueño algo agitado, descansando las manos sobre la cintura; un hilillo de sudor le recorría la frente sonrojada y respiraba con mayor dificultad. Por lo visto no estaba acostumbrado a cargar personas y seguramente se estaría arrepintiendo de haberse ofrecido a reemplazar a Alexfre en aquella tarea. 
            Como si no lo hubiese escuchado, Self primero se acercó hasta la puerta y la cerró despacio.
            –Cuando vinimos hacia aquí nos sorprendieron unos bandidos. No eran muchos y terminaron huyendo en cuanto desenvainamos las espadas, pero uno llegó a herir a Horle en el hombro derecho –Self prefería omitir la parte de “sir” ya que los soldados del Cruce eran solo eso, soldados. Y si decía que ellos eran caballeros Melingar agregaría preguntas que prefería evitar. Aunque prefirió mantener los nombres falsos.
            –¿Bandidos? que raro… Siempre hay algún que otro ladronzuelo por ahí, pero un grupo de bandidos justo en el camino entre Dermathea y el Cruce es anormal, por ahí pasan solo soldados –agregó una sonrisa.
            –Y eso fue lo que encontraron –Self mantuvo un semblante sereno, parecía ser mejor mentiroso de lo que pensaba–. En fin ¿podéis ayudarme con él? –señaló al herido sobre la cama. 
            –Por favor –esbozó una sonrisa–, me ofendéis con la duda –Melingar se volvió hacia la puerta y abrió una rendija–. Ve hasta lo de Erico y traedlo enseguida, decidle que es urgente –murmulló a una de las chicas apoyadas en el barandal, la que inmediatamente se dirigió a cumplir las órdenes. Melingar volvió a cerrar la puerta–. Bien, sólo queda esperar; no os preocupéis, Erico vendrá rápido. Es un excelente curandero. 
            Self asintió.
            –Eso espero.
            –Lo es… ¿vuestro nombre era…?
            –Jerek, y él es Dean –contestó.
            –Es algo callado ¿no? –dijo Melingar haciendo alusión a Margawse, encapuchada y con la mirada siempre baja, sobre el suelo.
            –Sí, tiene un problema en la voz, no os molestéis en hablarle porque no os contestará –aclaró Self, esperanzado de que con esa explicación cutre se quedara tranquilo.
            –Mientras que no seáis eunucos… –lanzó una carcajada–. No hace falta que desperdiciéis la noche aquí encerrados. Venga, vallan a divertirse como su amigo, yo me encargaré del herido, Erico no tardará en llegar.
            Self miró de reojo el rostro encapuchado de Margawse y luego a Melingar.
            –Nos quedaremos con Horle, ya habrá otras noches…
            –Como queráis, como queráis… Pero no neguéis mi comida ni mi bebida, veréis que es la mejor. ¿No me diréis que no podéis comer porque aquél está herido no? –lanzó otra carcajada, aunque pareció bastante forzada–. No lo digáis, os haré traer las cosas aquí mismo.
            –Gracias mi señor, realmente está siendo muy amable –dijo Self.
            –Melingar, sólo Melingar, que no soy ningún señor –dijo al tiempo que salía del recinto, cerrando la puerta tras él.
            No pasó demasiado tiempo hasta que la puerta volvió  abrirse; pero esta vez no sólo entró Melingar, sino que vino acompañado por otra chica y un niño que traían bandejas con jarras de vino tinto, queso bien curado, pan fresco y unos trozos de carne hervida con puerros. Tras depositar la comida en la pequeña y única mesa disponible, Melingar despidió a los dos jóvenes.
            Comida caliente… ¿Hacía cúanto que no comían nada caliente? Aquello olía tan bien como sabía y comieron con gusto. Melingar compartió la  mesa con ellos por un rato, hasta que repentinamente se retiró.
            –Si me disculpáis debo seguir con mi negocio; además veré porque tarda tanto ese truhán de Erico ¡Ja! –fue lo último que dijo antes de irse. 
            Sin otra cosa más que hacer, terminaron  el resto de la comida; tampoco era demasiado abundante, pero fue lo suficiente como para satisfacerlos. Para ese entonces Tomas parecía dormido y ni Self ni Margawse tenían en claro cuánto tiempo habría pasado.
            –¿Confiáis en él? –susurró Margawse.
            –Creo que no tenemos opción. Además ha sido muy amable hasta ahora –respondió Self en un tono similar.
            –Hasta ahora… ¿No tendría que haber llegado ya ese curandero que tanto dice? –inquirió la joven.
            –Sí, pero no os preocupéis, debe de estar por llegar en cualquier momento. Y en serio, tranquilizaos, estamos armados y él es sólo un hombre gordo. No nos pasará nada –las últimas palabras no parecieron tranquilizar a la chica, que frunció el seño y sacudió la cabeza intranquila.
            –No se… Es como… “Demasiado” amable y confiado con nosotros… Y eso de no pedir nada a cambio…
            –Debe de tener algún arreglo con el Cruce Oriental; eso es lo de menos, creedme.
            –Sí, puede ser… Pero id a ver qué pasa, porqué tarda el curandero. No me gusta estar encerrada. 
            –Sí, tenéis razón. Ya vuelvo –Self se puso en pie rápidamente y se dirigió hasta la única puerta, dio un tirón de la manija pero esta no cedió. Volvió a intentar–. Maldición… –musitó.
            –¿Qué? ¿Qué pasa? –acotó Margawse.
            –Estamos encerrados.
Aquella era la única abertura de la pequeña habitación.  Margawse se levantó con presteza.
            –Os lo dije… Abridla Self, abridla como sea…
            –¡Eh! ¡Abrid! ¿Alguien me escucha? –Self no tuvo respuesta y dio un brusco puñetazo a la madera.
            Self se alejó un paso de la puerta; tomó la daga que colgaba de su cinto e intento forzar la puerta con ella. Introdujo la hoja entre la puerta y su marco, moviéndola de arriba abajo, con la ilusión de dar con algún pasador y quedar en libertad. De repente, un ruido… Alguien destrabó la puerta, pero no fue Self. Tan rápido como era posible dio un salto hacia atrás, arrojó su daga y lanzó la mano derecha hacia la empuñadura de su espada con la velocidad de un rayo, al tiempo que la puerta se abrió de par en par de una fuerte patada y un hombre de casi dos metros de estatura se abalanzaba contra Self. El joven caballero ya tenía su espada en la mano, pero también tenía la punta de la hoja de su enemigo reposada sobre su garganta. Ya no podía hacer nada.
            –Dejadla caer, no tenéis oportunidad –clamó Melingar, apareciendo detrás de la espalda del corpulento guardia que había abierto la puerta. Self soltó su arma–. Tu, ni lo intentéis, también dejadla en el suelo –señaló a Margawse, que para ese entonces tenía la mano sobre la empuñadura de su espada aun envainada–. Lentamente… –agregó. Margawse hizo lo que le decía.   
            Melingar se adentró hasta el centro de la habitación y tras él entraron cinco hombres más. Tres guardias corpulentos de ropas vastas, similares a las del que amenazaba a Self, y dos soldados ataviados con briales de Gore. Todos con las armas desenfundadas. Uno de los guardias tomó las espadas del suelo y otro se acercó hasta Margawse y se quedó a su lado, al tiempo que uno de los dos soldados miró fijamente a Self.
            –Vos, sois del cruce. Os vi ayer –dijo Self, al reconocer el rostro que lo observaba con atención.
            –¿Cómo era que os llamábais? –preguntó el hombre aludido.
            –Sir Jerek, fui ayer al Cruce a preguntar por el traidor ¿qué es todo esto? –tal vez fingir sorpresa fuese lo más conveniente.
            El hombre miró de reojo a Melingar.
            –Sí, así se ha presentado –confirmó el dueño del lugar.
            –Mis perdones sir. Un malentendido, eso es lo que es esto –el soldado enfundó su hoja y los demás presentes lo imitaron. Self quedó libre y tragó saliva, sin temor a cortarse.
            –Explicaos –clamó Self pidiendo su espada con un gesto de manos.
            –Permitidme –se adelantó a contestar Melingar–. Yo os contestaré a eso. Simplemente, al no reconoceros como soldados del Cruce, creí que podrías ser el traidor que buscaban –una débil sonrisa se dibujo en sus labios–. Como buen amigo del Cruce que soy, tengo cierta información, sólo la usé creyendo que hacía lo correcto. Así que…. Mis perdones. Pero debéis reconocer que todo hubiese sido más fácil si hubieseis empezado diciendo que erais los captores de aquel desertor… –para cuando terminó de hablar, Self y Margawse portaban nuevamente sus espadas largas.
            –Si el traidor hubiese estado bebiendo cerveza en una de vuestras mesas ¿qué creéis que haría si yo me hubiese presentado flamantemente como su cazador? –no sabía si aquello era una buena excusa o no, pero fue lo primero que se le pasó por la cabeza y, aparentemente, resultó. Melingar bajó la vista y la sonrisa se le esfumó de los labios.
            –Bueno, lo que pasó pasó. No vamos a hacer de esto más de lo que es. Melingar, librad al otro de sus hombres y seguid siendo tan buen anfitrión como antes, eh –dijo el otro soldado del Cruce, dándole una palmada en el hombro al dueño del lugar.
            <<Alexfre –pensó Self–. Claro, por eso quería tanto tenernos separados>>.
            –Con gusto. Y por cierto sir –se dirigió a Self–. Lo del curandero no era mentira alguna, lo he llamado y ya está abajo, ya mismo lo haré subir.  
            Self simplemente asintió con seriedad. Tanto los hombres de Melingar como los soldados del Cruce fueron saliendo de la habitación, de uno en uno, siendo el dueño de la taberna el último de ellos.
            –Con vuestro permiso –fue lo último que dijo antes de irse.
            Como había dicho, el curandero Erico no tardó en subir. Un anciano delgado de pómulos prominentes y mejillas hundidas, que inmediatamente se dirigió al lecho de Tomas. Al quitarle la cota de mallas y el resto de las prendas del torso se dio cuenta de que la herida no era reciente, como le había insinuado Melingar; todo lo contrario, llevaba en aquel hombro varios días. Pero no se dio cuenta de ello por ser curandero, en absoluto, cualquiera lo hubiese notado. No sólo por el color negruzco de la carne que rodeaba el corte, sino también por el penetrante hedor que emanaba.
            –¿Se pondrá bien? –fue lo primero que le preguntó Self. Sus propias esperanzas ya habían menguado y creía conocer la respuesta.
            –No sabría deciros con certeza. Primero debo limpiarle para ver su verdadero estado –contestó el anciano. 
            Sin perder más tiempo, el curandero hizo que subieran a la habitación varias jarras de agua caliente y varios paños y vendas limpias. Aquella noche pareció eterna. Margawse ya se había dormido, acurrucada en un rincón; pero Self siguió en vilo, observando al curandero en su quehacer. En un determinado momento Erico le pidió ayuda para que le sostuviera un embudo en la boca y así poder darle la leche de amapola. Dijo que a pesar de que estuviese inconsciente no quería arriesgarse, debía cocerle la herida y lo necesitaba lo más quieto posible. Tomas tragó el líquido, pero como ya estaba dormido desde antes no sabían cuando haría efecto realmente, así que esperaron unos minutos por las dudas.
            –Necesito más luz, acercadme esa vela a la herida –señaló el anciano a una de las tantas prendidas en el recinto.
            Self hizo caso inmediato y vio cómo Erico sacaba de entre sus ropas una vasta colección de agujas de hueso, clavadas sobre un pequeño trozo de tela negra y un rollito de hilo muy resistente hecho del pelo de las crines de un caballo, o por lo menos eso le dijo el curandero cundo preguntó. El anciano cosió la carne como un zapatero cose al cuero. Con paciencia y buen pulso terminó la tarea ante los ojos curiosos de Self, que a pesar de conocer aquella técnica de curación, jamás la había visto realizándose. Luego de ello Erico tomó una piedra pómez, bien redondeada en todos sus lados,  y un pequeño recipiente de madera, poniendo en este ultimo una gran variedad de hierbas secas que sacó de su bolso. Molió todo en pequeños trozos y luego mezcló con vino y otros líquidos más espesos que Self no supo distinguir.
            –Es “jugo de hiedra”, del Pantano Penumbroso –aclaró el hombre respecto a uno de los recipientes de color verdoso que tomó de su bolso. Pero Self no conocía  ni el jugo ni donde quedaba dicho pantano, así que fue lo mismo que nada.
            El anciano mezcló por largo rato hasta lograr un líquido grisáceo y espeso, de un olor bastante fuerte pero nada desagradable… Era como olor a “bosque”, a “naturaleza”. Esparció la mezcla sobre la herida y luego la cubrió con las vendas que le habían traído. Bien ajustadas.
            –Entonces… ¿Qué pasará? Porque la carne negra… –murmuró Self.
            –No se está pudriendo, no os preocupéis. Es sangre mal coagulada, como un moretón. Es muy común en los hombres de edad avanzada –Self sintió un profundo alivio al escuchar tales palabras.
            Tomas tenía cuarenta y ocho inviernos, pero bien podría tener más, su barba era más bien blanca jaspeada de negro que al revés. Tal vez no lo quería reconocer y decía menos edad… Todo podía ser.      
            –¿Y cuánto tiempo necesitará para recuperarse?
            –Eso depende, pueden ser quince o veinte días. Tal vez más. En una semana volveré a cambiarle las vendas y podré deciros con más certeza –le contestó el hábil conocedor del arte de la cura.
            <<Veinte días… Es mucho tiempo, no podemos esperarlo…>>
            Self le agradeció con plena sinceridad por su trabajo y Erico abandonó la sala llevándose el bolso con sus elementos de curandero. Ya solos, Self se arrinconó contra una de las paredes.
<<Solo me quedaré sentado, no me dormiré>>. Se engañaba a sí mismo, pero no podría hacer guardia toda la noche, su cuerpo le pedía a gritos descansar y, tarde o temprano, acabaría igual que sus compañeros: durmiéndose.
            Al cabo de un buen rato, ya con los ojos entrecerrados, se preguntó donde se habría metido Alexfre, pero aquello no le impediría conciliar el sueño. Sabía que estaría bien, si Melingar y compañía hubiesen querido hacerles algún daño ya lo hubiesen hecho. Probablemente se quedó con aquella chica… Sólo pensar en ello le hizo recordar a Dana, su princesa. Lo hubiera dado todo por dormir entre sus brazos… Con su imagen en la mente se rindió a la oscura noche y ésta lo envenenó con sueños que no recordaría al despertar.
            A la mañana siguiente despertó con un gran dolor, aunque sin tener las fuerzas para abrir los ojos. No importaba, su mente ya estaba despierta y tarde o temprano tendría que abrirlos, por más que se resistiese. Todos los huesos del cuerpo le dolían, pero en especial su pierna derecha.
<<¿Qué es eso…?>>. Sentía como un dolor punzante que aparecía y desaparecía en su muslo una y otra vez, molesto.
            –Vamos Self, levantaos. Ya va ser mediodía –la voz grave irrumpió en su tranquilidad y no tuvo otra alternativa que hacerle caso.
            –¿Mediodía? –muy tarde, durmieron demasiado, pero no le importaba. Lo necesitaba.
            –Sí. Vamos –clamó Alexrfre.
            –Esta bien, dejad de patearme…  –Self se levantó lentamente, apoyándose contra la pared y miro a su alrededor. Enfrente de él se encontraba Alexfre, y Margawse estaba sentada en la cama junto a Tomas –¿Dónde os habíais metido…?
            –¡Ja!, la muy zorra me dio vino con alguna sustancia para dormir –clamó Alexfre. No parecía enojado. Más bien parecía que le causaba gracia–. Lo último que recuerdo fue vaciarme la copa. Recién desperté hace unas horas; Margawse me contó todo lo de Melingar…  
            –No os quejéis, por lo menos dormisteis en una cama.
            Alexfre le hizo una mueca. Self se volvió hacia Margawse.
            –¿Cómo está? –haciendo alusión a Tomas.
            –Preguntádselo vos sir –le contestó la jovencita. Self no entendió.
            –Vamos, que aún no perdí el habla, podéis preguntarme cómo estoy –dijo Tomas no sin cierta dificultad, con la voz ronca, áspera. 
            –Veo que de maravilla –respondió Self, con una sonrisa en los labios. Le alegraba mucho ver a su compañero recuperado, o por lo menos mucho mejor que ayer. Se acercó hasta su lecho–. ¿Cómo os sentís?
            –Como si se me hubiera sentado un elefante encima… Se me parte la cabeza y no puedo mover el brazo. Además me arde como el culo de un viejo con hemorroides.
Margawse lo miró tan airada como sorprendida.
–Esas no son palabras de caballero…
–Mis perdones… No me di cuenta… No volverá a pasar, mi señora –respondió el veterano. Margawse asintió. Alexfre se esforzó por retener una carcajada, pero ella  no le hizo caso.
–Os arde porque os han puesto ungüentos curativos en la herida, evitarán que se infecte. El curandero parecía muy bueno en lo suyo, pronto estaréis como nuevo –le aclaró Self.
–Que los Tres os escuchen. ¿Os dijo cuándo podremos partir?
Self le mantuvo la mirada sin contestar, sopesando las palabras antes de largarlas. 
            –Dijo que estaréis bien en unos veinte días más o menos…
            –Es… es mucho tiempo –interrumpió Margawse.
            –Lo sé –le dijo Self, luego volvió a dirigirse a Tomas–. Amigo… tenemos que seguir. Sabéis que no podemos esperar tanto…
            Tomas permaneció pensativo unos instantes. Self pensó que reaccionaria mal, pero se equivocó rotundamente. El veterano sabía que no podían quedarse allí tanto tiempo, era muy riesgoso. Además un viejo herido no sería de gran utilidad. Era mejor así…
            –No os preocupéis… Yo también lo sé…
            –Os pondréis bien Tomas, sois un hombre fuerte y valiente –le dijo Margawse, posando una mano sobre su hombro vendado–. Ya veréis…
El veterano asintió.
Minutos después comenzaron a prepararse para partir. Self se encargó de hablar con Melingar, agradecerle su hospitalidad y pedirle que cuidara de su compañero hasta que se recuperase. Le ofreció tres monedas de plata, pero el dueño las rechazó de inmediato, alegando ofensa. Probablemente se sintiese culpable por lo de la noche anterior, o no, tal vez fuese así de amable siempre.
–¿Os puedo pedir un último favor? –inquirió Self
–Lo que queráis –no dudó en responder.
–Imagino que conoceréis la Cueva de los Condenados…
–Imagináis bien… Un lugar espantoso…
–Decidme, con sinceridad, ¿es posible que llegue hasta el otro lado?
Melingar se encogió de hombros.
–Como poder ser, puede. Se decía que en antaño servía para comerciar con los pueblos del Soria, pero si fue verdad… quién sabe, pero debió ser hace demasiado tiempo. Ya no se puede pasar al otro lado… Hay… hay algo ahí… La gente que entra no sale… Se escuchan gritos… espantosos. Igual ya no se arroja a nadie allí, el Consejo del pueblo eligió optar por la orca desde hace ya dos inviernos. Quién sabe, tal vez pensaban que alguno lograba escapar para el otro lado… Ahora esa cueva está tan desierta como los páramos del otro lado de las Montañas Infranqueables –Melingar frunció el seño–. ¿Por qué preguntáis? No pensareis en ir…
–Puede que el traidor lo vea como un buen camino para no ser atrapado… Sólo iremos a echar una ojeada…
–Tenéis razón, puede que esté tan desesperado que se meta allí solito –se echó a reír–. Sería lo mejor que podría hacer.
Self asintió.
Luego se dirigió a los caballos, les dio de comer y los ensilló. Margawse se encargó de reponer provisiones: recargar los odres, conseguir pan blando, tartas de avena, carne al salazón y demás. Alexfre permaneció encerrado, escribiendo. En su estancia en la Marca Norte había conseguido aprender a leer y escribir, aunque no tan bien como creía; pero ello no importaba, simplemente tenía que escribir algo sencillo, una carta a su hermana para tranquilizarla, por si le llegaban las noticias de que había desaparecido o de que estaba muerto. Estaba confiado de que Tomas se la podría dar cuando volviese a Herdenia, cuando estuviese recuperado. Efedra era lo único que tenía en el mundo; no podía permitir que sufriera. No más… ¿Qué pasaría si la situación fuese al revés, y sea él quien se enterase de que…? No, no quería ni siquiera pensar en ello. Debía prevenirla y ésta era la mejor oportunidad, Tomas le daría la carta, todo saldría bien…

La joven y sus dos escoltas partieron de Dermathea dos horas después, tomando el camino del “Látigo”; probablemente denominado así por su estreches. El sol brillaba con dificultad, oculto tras extensos rebaños de pequeñas nubes que moteaban el cielo de blanco y gris, moviéndose lentamente con viento sur. Con las panzas llenas y caballos descansados, emprendieron el viaje hacia las oscuras Cavernas de los Condenados; sobre la base de las Montañas Infranqueables, a unas veinte leguas del pequeño pueblo.
            “Están malditas, que ni se os ocurra meterse allí”. Además de Melingar, todos los habitantes a quienes preguntaron tenían una respuesta similar, pero también coincidían en que no había otro paso que no fuese el Cruce Occidental, así que tampoco tenían demasiadas opciones. Alexfre estaba tranquilo, confiado; pero un oscuro presentimiento sobrevolaba los pensamientos de Self constantemente. Margawse simplemente estaba resignada; si era el único camino, iría allí.
Probablemente llegasen al atardecer, cuando el sol ya se halle oculto tras el horizonte. Pero eso no importaba, era una cueva a la que se dirigían, la luz del sol no los iluminaría allí dentro, sea la hora que fuese. Por eso, además de las provisiones, llevaban seis teas de mano, dos cada uno, y un recipiente con brea por cabeza.
Desde que salieron de Dermathea se podía divisar las cumbres blanquecinas de las Montañas Infranqueables, una enorme franja celeste que se extendía a lo largo del horizonte. A cada paso las monstruosas acumulaciones de roca y nieve tomaban mayor detalle y altura, mientras el sol descendía lentamente al igual que su luz menguaba minuto a minuto. La tarde acaeció cuando la compañía ya había alcanzado la base de pinares de las montañas, tal como habían previsto.
–¡Allí, allí hay una gruta! –clamó Margawse, señalando con el brazo extendido una profunda hendidura en la masa rocosa.
El Látigo había llegado a su fin, debía ser allí.
Bajaron de sus monturas y se acercaron con cautela. No había rastro alguno que delatase presencia humana. Por allí no pasaba nadie desde hacía mucho, muchísimo tiempo. Pero la tierra justo enfrente de la gruta, aún se mantenía dura y compacta, sin hierba y apenas interrumpida por brotes de yuyos. Por lo menos aquello podría significar que alguna vez, alguien pisaba con asiduidad aquel lugar… ¿Sería esta la Cueva de la Condenados? Sólo había una forma de averiguarlo. 
–Iré a mirar –se adelantó a decir Alexfre.
Untó una de sus teas en brea espesa y la encendió con un simple chasquido de su daga contra pedernal. Self y Margawse permanecieron afuera, con los caballos observando cómo la llama se hundía en la profunda oscuridad hasta desaparecer y, al cabo de unos minutos, la vieron renacer de la nada.
–Tiene que ser esta. Se extiende muchísimo, parece no tener fin –concluyó Alexfre.
De nada servían los caballos dentro de la cueva, así que cada uno tomó las alforjas de su montura y se la colgó al hombro. Con una simple palmada en los cuartos traseros, los caballos se perdieron al trote de regreso por el Látigo. La antorcha prendida bastaba y sobraba para los tres, así que simplemente se ubicaron uno a cada lado de Alexfre y avanzaron. Al cabo de recorrer unos metros se vieron obligados a cambiar posiciones, el joven de cabello oscuro se mantuvo delante, Margawse al medio y Self detrás. Las paredes de roca sólida se estrechaban más y más y en ocasiones debían incluso caminar con el cuerpo de lado.  
El frío y la humedad aumentaban a cada paso, espesa, casi palpable. Alexfre alzaba la antorcha en lo alto cada tanto para ver qué había sobre sus cabezas.
–No hay… –dijo la sexta vez que miró hacia arriba.
–¿Qué? –preguntó la chica.
–Murciélagos –se adelantó a contestar Self.
–Extraño ¿no? –continuó Alexfre.
–Que suerte… –murmuró Margawse, tan débilmente que creyó que sólo ella se oyó.  
–¿Creéis que se deba a algo? –inquirió Self.
Alexfre se encogió de hombros.
–No sé… Tal vez es casualidad… pero en una cueva tan profunda es raro que no haya…
            El camino se estrechaba y se ensanchaba constantemente. Margawse odiaba cada vez que tenían que pasar de lado contra la roca. A pesar de las capas de lana y cuero de sus ropas, sentía la gélida caricia de los muros sobre la piel y un escalofrió le recorría los huesos. El camino se volvía cada vez más irregular y sinuoso a cada metro recorrido, lejos de de ser una línea recta. ¿Y si estaban dando la vuelta?
Pronto comenzaron a ver pequeños orificios tan profundos como la luz de la antorcha permitía ver, perfectamente circulares, casi pulidos. Evidentemente no eran fruto de la naturaleza ¿Maquinaria tal vez?. Incluso se podrían haber metido agachados por uno de ellos y seguir un nuevo trayecto. Pero eso sólo significaba una cosa y era que si bien el camino que seguían no llegase al final de la montaña, podría ser cualquier otro… Self no quería comentarlo, pero la idea de perderse allí dentro comenzó a rondarle la cabeza, al comprobar que era algo bastante probable… Además comenzaba a faltarle el aire, le costaba respirar, y a los demás también; sentía como Margawse y Alexfre jadeaban débilmente…
–¿Cuántas leguas eran? –preguntó Self. De repente se sintió como un estúpido, de nada servía saber cuánto tenía de ancho la Cordillera infranqueable según los mapas, allí dentro, el camino podía dar tantas vueltas que podrían estar caminando hasta que sólo quedasen muñones en vez de pies...
–Unas veinticinco más o menos… según el mapa, claro. Pero eso aquí no vale ¿no? Sólo los Tres sabrán cuanto nos falta… –contestó Alexfre–. Si por lo menos el maldito camino fuese en línea recta…  
–¿Y… y si nos perdemos…? –al fin alguien lo dijo, la voz de Margawse sonaba débil y temerosa.
–No nos perderemos –tardó en contestar Alexfre ¿ lo creería en serio?
Siguieron caminado un buen tramo en sumo silencio, observando el entorno. Los caminos abiertos en la roca aumentaban según avanzaban, pero decidieron continuar por el mismo todo lo que les fuese posible. Sorpresivamente Alexfre se tambaleó, la llama que traía sobre su cabeza bailó y descendió abruptamente, casi tocando el suelo.
–Estoy bien, estoy bien. Tropecé –se apresuró a decir al sentir la mano de Margawse sobre su espalda.
–¿Seguro? ¿Una piedra? –preguntó Self.
–Sí… Es solo… –Mientras hablaba bajó la antorcha hacia el suelo–. ¡Rieles! O por lo menos restos de ellos. Mirad –terminó diciendo, apuntando con su mano libre lo que sus ojos veían.
–Increíble… Parece que esto era una mina antes… –acotó el caballero.
–Hace mucho, aparentemente –agregó la dama, quien no se equivocaba; los restos de vías estaban carcomidos y semienterrados.
–Por lo menos explica los huecos que estuvimos viendo –continuó Alexfre.
–Y que vamos por el buen camino –se escuchó con ánimo la voz de Self. 
Así lo supusieron y continuaron la marcha mucho más tranquilos, hasta que una decisión imprevista los obligó a detenerse. El camino no se cortaba, sino que se dividía ante ellos exactamente en tres más. Todos se miraron el rostro el uno al otro, apenas iluminados por las llamas vivaces de la antorcha. Alexfre notó cómo el brillo de los ojos de la joven se tragaban el reflejo de las llamas en su iris, creando un efecto bellísimo y de cierta forma… aterrador.
–¿Qué hacemos? –soltó Self.
–Podríamos dividirnos. Tenemos más antorchas y…
–No –interrumpió Margawse–. No nos separemos, no creo que sea buena idea… por favor, no lo hagáis…  
–Como quiera nuestra señora, pero perderemos mucho tiempo si vamos por el camino incorrecto… –dijo Self. Alexfre asintió.
–¿Por cuál vamos…? –inquirió Margawse dando por tomada la decisión. Ambos la miraron sin responder, Alexfre incluso se encogió de hombros. Ella había pedido no separarse, tal vez le correspondía también a ella elegir el camino… ¿pero y si se equivocaba?
“Siente las cosas, no las mires. Los sentidos del cuerpo son cinco, úsalos todos. Y si dudáis, usa el sentido del alma”. Aquello se lo decía su madre a menudo. Se sorprendió por acordarse de ello ¿o a caso se lo había susurrado su madre al oído? Cómo la extrañaba…
Iiiiiiiiiiaaaaaaaaaaiiiiihhhhhhhh
Los jóvenes se estremecieron ante el grito lejano. Alexfre giró sobre sí mismo velozmente, llevando la luz de la antorcha a todos los rincones que le fuera posible. Self tensó sus músculos y desenvainó inmediatamente; la hoja parecía tener vida con el reflejo de las llamas moviéndose.
–Un grito… –balbuceó débilmente Margawse al tiempo que se aferraba de las ropas de Alexfre.
Los tres volvieron a mirarse unos a otros, con los ojos abiertos como platos y sin siquiera parpadear. Aguardaron silencio y agudizaron el oído, esperando volver a escuchar… aquello. Pero sólo el jadeo de un respirar acelerado rompía con el profundo silencio.
            –No parecía muy… humano… –murmuró Alexfre, sin recibir respuesta de sus compañeros.
            Iiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaiiiihhhhhhhhhh
            El grito retumbó en los muros de roca mucho más audible que la vez anterior, más cercano, acompañado por una fuerte ráfaga de viento gélido de la bifurcación izquierda ante ellos. Las llamas de la tea se inclinaron y estiraron hasta desaparecer. La escasa luz se extinguió y la oscuridad inundó la cueva y cubrió sus ojos por completo.
            Iiiaaaiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiihhhhh
            Esta vez el grito agudo y penetrante les llegó desde atrás. Margawse escuchó cómo Alexfre lanzaba la tea hacia la oscuridad y el sonido de la hoja de su espada saliendo de la vaina de cuero endurecido.
            –¡A la derecha, a la derecha!
            La joven no supo quien lo dijo, al gritar las voces de sus escoltas se parecían demasiado, pero aquello no importaba, recordó mentalmente su posición y se abalanzó corriendo hacia el camino que creía era el de la derecha. Supo que era por allí al escuchar los pasos apresurados de Self y Alexfre tras ella. Pronto chocaron entre ellos y casi cayeron al suelo.
            –¡Vamos, vamos!
            Los gritos indescriptibles siguieron aturdiendo sus oídos, provenían de distintos lados y tapándose unos a otros. Sea lo que fuese ,aquello los estaba siguiendo, y de prisa.
            Continuaron corriendo a toda prisa, con los brazos extendidos hacia delante previniendo cualquier obstáculo. El camino se estrechó abruptamente y Margawse estrelló su brazo derecho contra la roca, que le cerraba el paso. Gritó del dolor  y cayó al suelo.
            –¡Qué pasa, qué pasa! –gritó alguno de los jóvenes, pero antes de recibir respuesta, ambos tropezaron con ella y también dieron de lleno contra el suelo.
            Iiiiiaaaaiiihhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
            El chillido seguía sonando inconstante y aterrador.
            –¡Arriba, vamos, vamos!
            Todos se pusieron de pie y continuaron más despacio, tanteando las paredes… pronto los alcanzarían… Lo sabían. Margawse comenzó a llorar, el dolor del brazo era punzante e incesante y la desesperación comenzó a invadirla. Siguieron avanzando y tropezando, raspándose y chocando contra las rocas una y otra vez. No tenían oportunidad…
            <<Luz, necesitamos luz. Yo puedo… Yo debo.>>
            La joven comenzó a murmurar entre sollozos, las palabras de idiomas antiguos eran aun más confusas entre lágrimas. Self era quien la llevaba casi a rastras por el brazo y pensó que estaba delirando, pero aquél no era momento para preguntar; sólo correr… a donde sea.
            –Erekai meyra ten, erekai meyra ten… ¡Erekai meyra ten! ¡Erekai…! –Margawse repitió las palabras cada vez más fuertes, hasta precipitarse nuevamente contra el suelo. Instintivamente extendió las manos, pero al chocar un dolor extremo le recorrió el brazo derecho y volvió a gritar. Self trató de levantarla del suelo, pero antes de poder hacerlo sintió un hedor tibio que le recorría la nuca, como una caricia de la mismísima muerte. Sea lo que fuese que los seguía, ya había llegado a ellos.
            –¡Vamos, ven, ven! –gritó Alexfre tan sólo unos pasos atrás, agitando la espada a diestra y siniestra, sin conseguir asestarle a nada que no fuese la roca de los muros.
             –Corre… ¡Corre! –le gritó Self a la joven rendida en el suelo. Margawse no se movía, sólo continuaba llorando–. ¡Ahora!
            <<No puedo rendirme ahora, no puede ser el fin… Se lo prometí…>>
            Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaggggggggggghhhhhhhhhhhhhhh
            –¡Aaaaaahhhhhhhhhhhhhhh!
La voz de Alexfre se apagó en la oscuridad, al igual que sus estocadas. La pesada espada de acero cayó contra el suelo. De repente escuchó cómo Self abandonaba  su lado para abalanzarse sobre aquello. Otro grito, más estocadas. No podía ver nada, solamente oír. Por su madre… Por ellos. No podía morir allí. Margawse se volvió con prisa y continuó corriendo en la oscuridad. Las estocadas y los gritos de Self se fueron apagando, mezclándose con los chillidos desaforados de aquellas cosas…
Pronto parecieron sólo un eco de una pesadilla lejana. Corrió, corrió y corrió sin parar. Se raspó, tropezó y cayó varias veces, pero todas se volvió a poner en pie para seguir corriendo… Pero el túnel que atravesaba se encogió repentinamente y dio la frente de lleno contra la piedra sólida, esta vez no se volvió a levantar.  


domingo, 7 de agosto de 2011

3º Parte - Capítulo 10

–X–

La pluma se hundió en el tintero repetidas veces hasta que su punta quedó totalmente teñida de un negro brillante. Luego, la mano que la portaba la llevó hasta un pergamino extendido, totalmente en blanco. Sin titubeos empezó a trazar letra tras letra, palabra tras palabra. La mano de Dawrt era delgada, de piel pálida y manchada de pequeñas motas marrones que dejaba entrever la forma de los huesos que cubría, casi sin carne de por medio. Pero su pulso seguía siendo tan firme y orgulloso como él.
Sobre su dedo índice lucía el deslumbrante anillo de la maestría de la Tierra Mágica, plata labrada con el diseño de un diminuto pentagrama con un ópalo aun más pequeño, que encajaba justo en el centro. A pesar de que la plata era pulida y lustrada periódicamente, ya no lucia el brillo plateado de antaño. El anillo estaba tan gris como un cielo nublado. Lo llevaba en su dedo desde que se había declarado maestre interino, por lo que tal titulo le daba el derecho a usarlo; pero muchos aun miraban su mano con recelo y silencio desaprobador. Él lo sabia pero no le importaba en lo más mínimo, le correspondía y punto.
            La puerta sonó.
            <<Maldición>>.
La punta de la pluma se inclinó demasiado, dejando un pequeño manchón incorregible.
            –¡Adelante! –clamó, al tiempo que arrojaba frustrado la pluma dañada hacia la otra punta de su escritorio.
            Un hombre de treinta y tantos entró en la habitación del maestre interino, ataviado con jubón y polainas de cuero; cubriéndose la espalda con una capa de de lana de buena calidad, teñida de rojo sangre. Se acercó hasta el escritorio ubicado en el centro del recinto y se inclinó en una solemne reverencia hacia Dawrt.   
            –Mi señor, aún no hay rastros del consejero Edorias, el ala este está limpia y ya vamos tres cuartas secciones del ala norte, tampoco hay indicios alentadores –clamó con voz firme e imparcial, como si no le importaran en absoluto las palabras que salían de sus labios.  
            Sir Matheo de la casa Oak era el segundo hijo de lord Oak, señor de las tierras del Toro; no demasiado vastas, pero con una fortaleza de dimensiones considerables y un pueblo leal, que no solía retrasarse en el pago de tributos. Un próspero dominio que sir Matheo jamás tendría; era el segundo y cuarto en la línea de sucesión, desde que su hermano se casó, dos años atrás y tuvo dos hijos varones. A menos que los Tres se llevaran a toda su familia, tendría que ganarse el honor por otros medios. Cuando Dawrt le ofreció ser el comandante de un nuevo ejército a servicio de la protección de la Tierra Mágica, aceptó gustoso. Tenía fama de leal y severo, aunque nadie hacía eco de su inteligencia: justo lo que Dawrt necesitaba. Y ahí estaba, luciendo con orgullo la capa de lana roja, sujetada al cuello con un broche de plata en forma de pentagrama, que distinguía a los soldados del “Puño del Saber”; nombre que se escuchaba de boca en boca cada vez que alguien se refería a dicho ejercito. Más allá de que Dawrt no lo hubiese elegido, nunca se opuso a su uso; le gustaba como sonaba, era “su puño”.
            Desde que Edorias había desaparecido, Dawrt ordenó al aún incipiente y en formación Puño del Saber, que registrasen el palacio por completo hasta dar con él y que el propio sir Matheo Oak le informase sobre la búsqueda cada mañana. Hasta ahora los informes eran todos iguales.
            –¿Aquél pupilo que tenía sigue sin decir nada útil? –preguntó Dawrt.
            –No mi señor, afirma que ni siquiera lo oyó salir de la habitación –respondió Matheo. Domike, el chiquillo pupilo de Edorias, había sido interrogado varias veces; pero insistía en que la última vez que lo vio se encontraba leyendo en su escritorio y que a la mañana siguiente, al despertar, simplemente no estaba allí.
            Dawrt bajó la vista, pensativo. Hasta entonces había tratado la situación dentro de un círculo cerrado, los consejeros de la Tierra Mágica y los hombres del Puño, pero los rumores corrían rápido y no faltaría demasiado para que todos los habitantes del palacio se enterasen de que la razón del cierre de las puertas se debía a la desaparición de uno de sus más queridos consejeros y no simplemente una medida preventiva. No tenía sentido seguir ocultándolo, además tarde o temprano tendría que interrogarlos, a todos.
            <<Mejor temprano>>.
            –Entonces interrogad al resto, a todos los que habiten el palacio –clamó el maestre interino–. Y reforzad la seguridad en todas las secciones. Llenad de capas rojas el palacio, si es necesario.
            –Si mi señor. Con su permiso –terminó diciendo sir Matheo, con otra reverencia. Dio la media vuelta y salió de la habitación.
            Nuevamente el recinto estaba vacío, a excepción de Dawrt y sus estanterías repletas de libros viejos y polvorientos. Pero el breve lapso de silencio y soledad llegó rápidamente a su fin en cuanto una pequeña portezuela, detrás del escritorio, se abrió lentamente. Dawrt ni siquiera se volteó a ver, sabía quién era.
            –Así que Edorias sigue sin aparecer… –musitó una voz detrás de las espaldas del maestre interino. Una voz grave, pero débil.  
            –Tal como habéis escuchado –fue la respuesta.
            –Meroveo hizo bien su tarea.
            –Así parece.
            El visitante avanzó lentamente, sus pies apenas sacaban algún sonido del suelo donde pisaba. Rodeó el escritorio de viejo roble y se detuvo justo delante de Dawrt, quien lo aguardaba con su mirada serena. Pero no había mucho que ver, parecía más bien una sombra que una persona. Totalmente cubierto por una larga túnica grisácea con amplia capucha, escondía sus rasgos bajo las sombras.
            –Es un buen chico –dijo el encapuchado–. Por cierto, muy hábil al reclamar una mayor seguridad…
            –¿Por…?
            –¿Por qué? Por que llenar el palacio de un centenar de soldados es tener un centenar de pares de orejas atentas a vuestro servicio. Una detrás de la puerta de cada habitante si fuese necesario. ¿No?
            <<Si, sobre todo una detrás de cada consejero>>.
            –La verdad que si no me lo decíais no lo hubiese visto de esa forma, querido
Agharol –una sutil sonrisa recorrió los finos labios de Dawrt.
            –El Puño parece ser una mejor idea de lo que pensaba…
            –Mi Puño será más útil aún, os lo aseguro –clamó el maestre interino con una expresión de satisfacción en el rostro.
            –¿Mi? –a pesar de que escondía la mirada bajo los pliegues y sombras de la extensa capucha, Dawrt sintió como la mirada de Agharol se fijaba sobre la suya–. Me gusta más como suena “nuestro”…
            –Si, claro –se limitó a contestar.
            –…Y… ¿Ya tenéis pensado quién va a reemplazar a Edorias en el consejo? –inquirió Agharol.
            –No, pero tenéis razón, ya sería tiempo de elegir otro… No puede haber nunca menos de seis, por lo menos por ahora…
            –Es una excelente oportunidad para elegir a alguien de confianza, no la podemos desperdiciar.
            –Lo sé.
            –Sé que es muy joven para el cargo… Pero parece tener un futuro prometedor, ya os ha demostrado su lealtad sin miramientos…
            –¿Meroveo?
            –Quién más –confirmó el encapuchado.
Dawrt negó con la cabeza.
            –Vos lo dijisteis… Está muy verde, y lo que ha demostrado no fue su lealtad, sino su ambición. Sólo tiene hambre de poder.
            Agharol sonrió asintiendo.
            –Alimentadlo y tendréis un fiel perro a vuestros pies.
–No sé… –dudó Dawrt.
–Aprovechad la oportunidad, entrenadlo, moldeadlo a vuestro gusto. No os defraudará –dijo el encapuchado convencido, pero sus palabras eran demasiado dulces y los oídos del maestre interino se terminaron por empalagar…
            –¿Y por qué tanto interés en él? ¿Acaso no tenemos otro que por lo menos de con la edad?
            –Como haber, siempre hay mi querido amigo – Agharol obvió responder a la primera pregunta–. Pero esta es una oportunidad que no hay que desperdiciar, no podemos errar en la elección. Lo sabéis.
            Dawrt se quedo mirándolo con fijeza, pensativo. Tenía razón.