domingo, 19 de junio de 2011

3º Parte - Capítulo 3

–III–

La sala estaba vacía. Sólo las sillas forradas en satín rojo y las inmensas columnas que sostenían al firmamento estrellado rodeaban la gran mesa octogonal de piedra pulida.  Sobre un extremo de la habitación, una extraña ilusión hacía presencia. Sin contornos visibles, su centro deformaba el aire que la rodeaba, haciéndolo girar sobre sí mismo en forma de espiral. Poco a poco, dicha ilusión fue emanando de su interior una luz azulada; en principio débil pero al cabo de unos instantes se tornó tan fuerte como el sol. Del mismo corazón de tal fenómeno, una figura totalmente ensombrecida por el contraste con la luz cegadora que tenia a sus espaldas, comenzaba a caminar hacia la gran mesa de piedra; mientras que la extraña luz volvía a decaer en intensidad por un breve lapso hasta volver a recobrar su fuerza máxima, dejando salir de su centro a otro sujeto. Tal acontecer se repitió cinco veces más, una detrás de la otra.
Al tiempo que los últimos consejeros iban apareciendo en la sala a través de las entrañas de aquella ilusión, los primeros en hacerlo fueron ocupando las cómodas sillas, hasta que seis de ellas estuvieron cubiertas. Dos sillas quedaron sin ocupar y una sola persona de pie, Dawrt. Todas las miradas se posaron sobre él, ya que como regente debería seguir ocupando su silla de consejero; pero al haberse auto declarado Maestre interino, tras la sorpresiva muerte de Margawse, probablemente no fuese aquel lugar el que eligiese para sentarse.
Efectivamente, tras el paso de breves segundos de tensión y cruce de miradas, Dawrt se ubicó sobre la silla central; la silla de la maestría de la Tierra Mágica. Siendo la primera vez que ocupaba tal lugar, al ser el primer consejo reunido tras la muerte de la legítima heredera. Mantuvo en su rostro una particular sonrisa al ver las caras de desaprobación del resto, a la vez mudas y sin resistencia a sus actos. Tras un instante dio inicio a la nueva reunión, tomando la palabra.  
–Honorables miembros del consejo de la Tierra Mágica. A nuestro pesar hoy me veo obligado a presentarme como Maestre interino y no como regente; ya que los dioses han elegido llevarse sorpresivamente a la señorita Margawse, hace tan solo dieciséis días e incluso antes que a su propia madre Martinique quien hoy, lamentablemente, vive postrada sus últimos días –Dawrt hizo una breve pausa para tomar aire y luego continuó–.  Pero por más que nos aflija tal situación, no es por lo que hoy estamos aquí reunidos. Ya hemos hablado de ello y, personalmente, os he informado del cambio de mi situación –terminó diciendo Dawrt ,observando las miradas y los rostros de los allí presentes.
Todos compartían semblantes serios y miradas sombrías e inexpresivas. Probablemente sus mentes estaban recordando el día siguiente a la muerte de Margawse, en donde Dawrt los reunió en la sala central del palacio para anunciarles la repentina medida, alegando evitar un vacío de poder. Varios objetaron, diciendo que esa era una decisión que se debía tomar bajo el marco de un consejo reunido en donde se votaría pertinentemente, pero Dawrt se negó diciendo que la votación ya había sido hecha desde el momento que lo eligieron como regente y que tal decisión sólo era un acto legítimo de sus funciones. En parte, los miembros del consejo sabían que estaba en lo cierto y que sólo habría una nueva votación si el regente así lo decidía al variar las condiciones en las que había asumido.
Tras unos instantes de silencio que nadie se animó a romper, Dawrt continuó con su discurso.
            –En primer lugar, es mi deber informaros que la búsqueda de la gema perdida aún no dio frutos. Ya se han revisado minuciosamente los terrenos cercanos al terrible suceso y nada se ha encontrado. Debo admitir que era de esperar puesto que está claro que la gema fue robada por los mismos atacantes y que se la llevaron vaya uno a saber donde… –terminó diciendo Dawrt.
            –Mi señor… ¿Estáis diciendo que no hay forma de recuperarla? –inquirió Agharol preocupado.
            –Reconozco que veo poco probable que demos con la gema por nuestros propios medios, pero eso no significa que no podamos recuperarla en un futuro –aclaró el maestre interino. Antes que Dawrt continuase, todos los consejeros lo observaron sin entender de todo sus palabras, dejando que sus expresiones mostraran cierto desconcierto–. Si bien recordáis –continuó Dawrt– el consejo ha permitido la partida de Margawse junto con la gema hacia el templo de Ishk gracias al sabio consejo de nuestro compañero Golthor quien, según sus investigaciones, nos ha prevenido a todos de un inminente peligro al ser la Tierra Mágica la que poseía la gema –Dawrt hizo una breve pausa y dirigió su vista hacia Golthor quien no tuvo más opción que asentir con la cabeza confirmando las palabras del maestre interino–. Como bien sabéis la leyenda de las gemas soberanas habla de los mirkhenin. En principio su función y naturaleza son poco apreciables. Los antiguas pergaminos de los Dearin no sólo son difíciles de traducir sino que además son poco claros… Bien, la cuestión  es que ante la descripción de los sucesos pasados tras el aviso del surgimiento de una extraña caverna en el monte Kite, Golthor llegó a una posible conclusión de la cual ya estáis al tanto –dijo Dawrt al tiempo que buscaba las miradas de sus compañeros.
            Todos asintieron con la cabeza pero aun seguían sin entender a donde pretendían llegar las palabras de su maestre. Por lo que Edorias tomó la palabra:
            –Si vuestra merced me permite, Golthor ya nos ha expuesto ampliamente su teoría la que derivo en nuestra decisión de dejar ir a Margawse junto con la gema al templo de Ishk, lo que aún no comprendo es en donde está la posibilidad de encontrar nuevamente la gema que trágicamente hemos perdido.
            Dawrt lo miro fijamente a los ojos y continuó:
            –Posiblemente aún no comprendáis porque no he terminado de explicarme. Cuando lo haya hecho no tendréis tales dudas –Dawrt dejó de mirar a Edorias para dirigirse a todo el consejo–. En fin, a lo que deseo llegar es que debéis tener presente la naturaleza de los mirkhenin como “guardianes” de las gemas divinas, en donde, aparentemente, cada una cuenta con uno. Siguiendo esta posibilidad, el mirkhenin de la gema que se hallaba en nuestro poder aún no se hace presente. Por lo que la forma de encontrar a la gema nuevamente consta en estar muy atentos a que dicho guardián se haga presente. En donde esto suceda, ahí estará la gema y podremos recuperarla –terminó diciendo Dawrt.
            Aunque al escucharlo todos comprendieron a lo que  se refería, ninguno mostró entusiasmo o tranquilidad puesto que eran concientes de la escasa probabilidad que tenían de enterarse de tal acontecimiento y, además, aunque se enteraran de ello no se garantizaba en absoluto que pudiesen recuperar la gema. Tras un instante, es Elias quien se convierte en el vocero de tal sensación generalizada al tomar la palabra.
            –Mi señor… Si me permite, está claro que lo que nos acaba de explicar es una posibilidad más con la que contamos para recuperar la xiremei. Pero creo que hablo por todos al considerar a tal posibilidad demasiado remota como para que esta tranquilice la gran preocupación que nos trae haber perdido la roca –clamó el consejero.
            –Además, si el mirkhenin de la gema que poseíamos aún no ha aparecido, tal vez nunca lo haga. La teoría expuesta por Golthor hace un tiempo tiene muchos elementos que la vuelven lo suficiente verosímil, pero probablemente no es exacta y hay demasiadas cosas que no comprendemos… Suponer que el mirkhenin de la gema que hemos extraviado se hará presente es un error. Es más, tal vez eso indique que la gema que poseíamos no es una de las cinco gemas  soberanas… –dijo Mortimer expresando sus dudas sobre el asunto.
            Los demás consejeros se mostraron de acuerdo tanto con las palabras de Mortimer como con las de Elias, al asentir con la cabeza o musitar palabras de aprobación. Dawrt, al otro extremo de la mesa, respiró hondamente y luego exhaló con fuerza, al tiempo que se ponía de pie.   
            –Entiendo que sea una posibilidad que no os tranquilice, pero sigue siendo una posibilidad y, para mí, es mucho más factible que encontrarla abandonada bajo la sombra de un árbol –dijo Dawrt con voz fuerte y firme, quien luego continuó–. Informarles del fracaso de la búsqueda de la gema que se ha extraviado sólo es un tema superficial en comparación al tópico central por el cual os he reunido hoy aquí –Dawrt se detuvo, sabía que lo que tenía que decir era extremadamente importante y antes de continuar busco sabiamente las palabras correctas para decirlo, mientras que el grupo de seis consejeros comenzó a cavilar lo que podría ser aún más importante que haber perdido una de las cinco xiremei–. Señores y sabios consejeros de la Tierra Mágica, sabemos que el tratado de Doria entre el reinado de Thira y el reinado de Gore se ha quebrantado definitivamente desde el momento en que el rey Dagobert I a iniciado el asedio sobre la fortaleza de la Marca Norte del reino de Gore y la posterior decisión del rey Alfer III de formar un ejército para anular tal asedio. Situación que nos ha dejado altamente comprometidos al ser los garantes de tal contrato quebrantado; viéndonos obligados a tomar medidas militares al respecto en, claramente, favor de Gore –tomó aire y continuó–. Por lo que se ha ordenado la formación de un pequeño ejército propio, aún en proceso, que tendría como objetivo unirse a las fuerzas de Gore para liberar sus fortalezas del asedio, si este aún perdurase, y reforzar las defensas de sus fronteras luego de haber conseguido replegar a las tropas de Thira –nuevamente hizo una pausa y luego prosiguió–. Hasta aquí no he dicho nada que ya no sepáis puesto que justamente nuestra anterior reunión fue evocada a tales temas. Pero es el día de hoy en que he recibido las noticias de los resultados de la terrible batalla entre ambos reinos sobre el pie del monte Kite.    
            Todos los consejeros se miraron unos a otros, sin poder evitar que sus rostros expresaran gran asombro. Tras enterarse de la partida del ejército de Gore, el enfrentamiento de ambos reinos estaba próximo; pero nadie imaginaba que este ya se hubiese producido, e incluso concluido. Uno de los consejeros no tardó en preguntar al respecto.
            –¿Pero qué es lo que ha sucedido? ¿Cuál fue el resultado de la batalla? –inquirió Agharol, ansioso.
            –¿El resultado? El resultado fue muerte y destrucción, en donde ambos bandos perdieron la totalidad de sus fuerzas y no precisamente por el filo de sus hojas de acero. Y Dagobert I, rey de Thira, también ha fallecido. Su sobrino será coronado prontamente como su sucesor –clamo Dawrt con vigor en sus palabras.
            Los presentes comenzaron a susurrar nuevamente entre sí, sorprendidos por tales palabras, al tiempo que Edorias preguntó con la suficiente fuerza como para tapar los murmullos de fondo.
            –No entiendo… ¿A qué se debió entonces sino es a la fuerza de las armas? ¿Dagobert murió en la batalla? –en cuanto dijo esto el resto de los consejeros dejaron de murmurar para esperar expectantes la respuesta de su maestre interino.
            –La respuesta a vuestra pregunta es la razón por la cual hoy se encuentra reunido este consejo –Dawrt comenzó a recorrer las miradas de cada uno de los presentes para asegurarse que tenia la atención de todos ellos–. En dicha batalla del monte Kite, uno de los dos reinos ha utilizado y liberado sobre sí mismo y sus enemigos, el poder sobrenatural de la gema sagrada del fuego. Dicen que el rey Dagobert I murió al enterarse de tal atrocidad.
            Algunos de los presentes quedaron anonadados, sin poder emitir palabra; otros estallaron del asombro sin poder contenerse. Gritos de “¡imposible!”,  “¡¿Como puede ser?!” y otros más se taparon unos a los otros en pleno caos generado por tal sorpresa.
            –¡Calmaos! ¡Calmaos hombres de sabiduría! Esta no es la forma. Dejadme que continúe. Sé que la noticia es increíblemente grave, pero debemos actuar con calma si queremos dar el paso  correcto –clamó Dawrt, alzando  ambos brazos.
            Los presentes guardaron asiento y calmaron sus mentes excitadas por tal anuncio, dejando continuar a quien los presidía en aquella reunión.
            –Hace aproximadamente tres meses, el reino de Gore nos ha informado de una extraña gruta la cual, según por sus características, podría ser el lugar en donde fue escondida una de las gemas divinas; precisamente la de fuego. Tras haber enviado un noble, miembro de la Tierra Mágica, para que investigue tal lugar nos hemos enterado posteriormente del fracaso de la misión. Efectivamente, la gema de fuego se hallaba en aquella caverna, pero la aparición de un ser descomunal, posiblemente el mirkhenin que la defendía, asesinó a la mayoría de la compañía incluyendo a nuestro investigador; sin poder lograr recuperar la gema allí vislumbrada –Dawrt se detuvo y miró a Golthor, ya que fue él quien le informó de tales eventos hace tres meses.
            –Así es. A partir de aquellos eventos es que se ha podido entender con mayor claridad lo que entendemos por mirkhenin –completó el anciano consejero que se encontraba al lado del maestre interino.
            –¿Y tales sucesos se han dado en el monte Kite no? El mismo lugar en el que se ha desarrollado la batalla que habéis nombrado –continuó Vladimiro desde el extremo izquierdo de la mesa octogonal.
            Esta última observación de Vladimiro bastó para que el resto de los consejeros saque sus propias conclusiones.
            –Estáis en lo cierto. Uno de los dos ejércitos exploró tal caverna por su cuenta y a dado con la gema para posteriormente usarla contra sus enemigos –aclaro Dawrt.
            –¿Quién, quien de los dos ha sido? –inquirió Elías.
            –Quien ha sido es difícil de establecer con certeza, versiones contradictorias han llegado a mis oídos, por lo que no podemos fiarnos de los emisarios de ambos reinos. Aunque tristemente hay que reconocer que quien tiene mayores posibilidades de haber sido es el reino de Gore –respondió Dawrt severamente causando desorden en sus oyentes.  
            Edorias se puso de pie y tomó la palabra.
            –Mi señor. El reino de Gore ha sido un fiel aliado de la Tierra Mágica durante cientos de años en donde siempre se ha buscado el mismo objetivo: Lograr la paz. Y es precisamente el actual rey Alfer III uno de los mayores defensores de tal postura. La prueba de ello está en cómo ha actuado en el presente conflicto, siempre cautelosamente y sin recurrir a la fuerza a menos que sea vitalmente necesario. No creo que sea él quien halla quebrado con sus valores repentinamente.
            Varios consejeros asintieron a favor de tales palabras, pero que Dawrt no tardó en contestar:
            –Vuestro aprecio hacia el monarca de Gore es entendible, y seguramente compartido por todos; pero al decir que es él quien pudo haber utilizado la gema del fuego en su beneficio, no lo hago por algún tipo de rencor o desprecio, sólo me remito a la información con la que contamos y, os guste o no, fue en sus tierras en donde se encontró tal caverna y además era el único que estaba al tanto  de la gema y del posible poder que esta guardaba. Inclusive la propia muerte del rey de Thira, al enterarse de la muerte de su hermano por tal poder podría servir también como prueba en contra de Gore.
            Los murmullos invadieron nuevamente la atmósfera del consejo, volviendo incontenibles las opiniones divergentes de sus miembros que comenzaron a hablar uno sobre el otro sin que ninguno pudiese concretar aunque sea una oración de lo que deseaba decir, por lo que uno de ellos se puso de pie para lograr ser escuchado.
            –Mi señor, lo que decís es cierto. Pero también es preciso recordar que las tierras que circundan al monte Kite fueron abandonadas por Gore luego de comenzado el asedio a la fortaleza de la Marca Norte, quedando al libre saqueo de las fuerzas de Thira, las cuales probablemente registraron aquella caverna –clamó Elías defendiendo al monarca de Gore.
            Tras un nuevo y breve lapso de murmullos encontrados, Dawrt ordenó sus pensamientos y habló a todo el auditorio de consejeros.
            –Como veis, nobles consejeros de la Tierra Mágica, es muy difícil determinar quién de los dos reinos ha sido el culpable de utilizar el poder divino de las gemas. Pero más allá de quien haya sido, nuestra postura al respecto debe ser más firme y dura que cualquier otra decisión que se haya tomado en toda la historia de la Tierra Mágica –hizo una pausa para observar a cada uno y luego continuó–. Debemos castigar con la mayor severidad posible al reino culpable de tal atrocidad. Debemos demostrar que podemos ser garantes de la paz y la justicia actuando con hechos y no sólo con palabras.
             –Si vuestra merced me permite, creo que dadas las circunstancias intuyo que hablo por todos al coincidir con vuestras palabras, pero lo que no me queda claro es a que os referís con “castigar con la mayor severidad” –habló Golthor temiendo por la respuesta del Gran Maestre interino. 
            Todos los consejeros agudizaron sus oídos.
            –Me refiero a la única medida posible, acorde a la gravedad extrema del acto realizado. Propongo, aquí y ahora, que el reino culpable de tal atrocidad, sea castigado con la destitución inmediata de su monarca, siendo un miembro de nuestro honorable consejo quien cumpla con las funciones de regente hasta que se considere apropiado otorgar el mando al heredero legitimo de la familia real gobernante. Además, dicho regente dispondría con el uso de su propio ejército, que respalde su poder el tiempo que sea necesario.
            Todos los miembros presentes en aquella sala se exaltaron al recibir tales palabras de su maestre.
            –¡Por Ishk! Si vuestra merced me permite, tal castigo es extremadamente severo y además atentaría contra el orden interno del reino que lo sufra, empezando por la ilegitimidad de autoridad y revueltas de la población –clamó Edorias, discrepando con total franqueza con Dawrt.
            –¡El riesgo de una rebelión de los nobles es demasiado grande! –dijo Mortimer desde su lugar.
            –Puede resultar en un verdadero desastre –continuó Vladimiro, sumándose al resto.
            Dawrt no cedió ante el repudio de los consejeros e insistió:
            –No hacerlo sería sinónimo de debilidad pero por sobre todo, estaríamos rompiendo con todos los valores que hemos perseguido en busca de la estabilidad de una paz duradera. Si no hacemos algo para frenar esta terrible guerra, esta se extenderá indefinidamente cobrándose las vidas de centenares de personas y de la cual, en un futuro, probablemente también la Tierra Mágica sea víctima. La sed de poder del hombre mundano jamás se sacia, la única forma de detenerla es negándole de beber y es esa la función que hoy debemos cumplir. 
            –Pero mi señor, la guerra seguirá igual. Los nobles no nos aceptarán y ahí sí seguramente la Tierra Mágica sufrirá las consecuencias –añadió Agharol.
            –El posible regente será respaldado por un ejército acorde a sus funciones. Los nobles no podrán reunir las fuerzas para impedirlo. Pero más allá de eso, no debéis pensar como reaccionaran los afectados. Obviamente que estarán en contra. Lo que debéis pensar es en nuestro deber y lo que sucedería si no hacemos nada al respecto. ¿Acaso consideráis que es mejor no actuar ante tal acto? ¿dejar que todo siga su curso mientras la Tierra Mágica deja que su figura diplomática se disuelva en la nada perdiendo generaciones de esfuerzo y constancia por lograr que este lugar sea considerado como epicentro de la búsqueda de la paz? –Dawrt hizo una pausa para luego seguir–. Si esto es lo que queréis, os advierto que jamás se logrará recuperar el lugar perdido, y la Tierra Mágica habrá perdido su sentido de ser y tarde o temprano seremos sometidos a la mano del hombre común –terminó diciendo el Gran Maestre interino con vigor en sus palabras.
            Los murmullos proliferaron inundando la atmósfera.
            –¿Y si vuelven a utilizar la gema de fuego? –inquirió Mortimer.
            Dawrt sonrió levemente, como si tal pregunta le hubiese agradado, y alzo nuevamente los brazos.
            –Justamente ¿Y si la gema de fuego vuelve a ser usada? ¿Acaso nos quedaremos aquí sentados esperando a que ello pase? Señores, no hay otra salida que actuar sin vacilaciones. Es nuestro deber hacerlo.
            –Mi señor, pero si actuamos de la forma que proponéis, la victima del poder divino de la gema no va a ser el reino contrario, sino nosotros, la Tierra Magica… –agrego Vladimiro.
            –¿Acaso teméis? ¿Acaso consideráis que todo esto es indebido por temor? Nuestro deber es uno solo y debemos seguirlo firmemente, sin importar el riesgo que corramos en ello. No por nada os advertí que esta era una de las decisiones más difíciles de se haya tomado… –le contestó Dawrt con imparcial decisión.
            –Mi señor, somos consientes de que tenemos que actuar de alguna forma. Nadie está pensando en sólo observar lo que suceda. Pero insisto al considerar que esta no es la forma. Una de las cosas en que más hincapié hizo nuestra anterior maestre Martinique, fue justamente en dejarnos siempre en claro que el fin no justifica los medios. ¿No es este un fiel ejemplo de ello? –hablo Edorias.
            –Yo también recuerdo las sabias enseñanza de Martinique y no les hago caso omiso. Pero no es que el que yo propongo no sea el medio correcto o si lo sea. Mi querido amigo… No hay otro medio… –alegó Dawrt.
            –Si vuestra merced me permite, considero que siempre hay otro medio. El castigo debe ser menos dañino –continuó Edorias.
            –¿Un castigo menor? ¿Cómo cual? Cualquier otra cosa que hagamos no servirá de nada. No  evitara  que la guerra continué o mismo que la gema vuelva a ser usada. En cambio, de la forma que os he propuesto, por lo menos tenemos una posibilidad de ello. Una posibilidad que no tenemos el lujo de perder. Si acaso tenéis un castigo menos “dañino” que logre los mismos resultados, decidlo. Porque  para mí no lo hay –contestó Dawrt convencido de ello.
            Todos los consejeros se miraron mutuamente buscando respuestas en el prójimo, sin encontrarlas; hasta que Edorias prosiguió:
            –Mi señor,  que nadie proponga una segunda opción no significa que no exista. Tened en cuenta que es un decisión demasiado compleja para tomarla aquí y ahora, además de la misma sorpresa que nos ha provocado tener que tomarla. Es algo que debemos pensar con cuidado y precisamente ahora considero que no somos capaces de decidir. Por eso, si os parece, se podría aguardar a la próxima reunión del consejo para tal tarea.
            El resto de sus compañeros asintieron con sus cabezas en aprobación a tales palabras encontrando en ellas un leve alivio.
            El maestre interino lo miró con fijeza y luego dijo: 
            –Si el tiempo no nos acorralara  mi preocupación no sería tal. Pero vuestras palabras son sabias y seria de una gran imprudencia obviarlas –hizo una pausa y se dirigió hacia todo el auditorio–. Está bien, el castigo se determinara en una futura reunión del honorable consejo de la Tierra Mágica mientras ambos reinos son juzgados por sus actos. Ahora bien, lo que si tenemos que determinar hoy es cómo se desarrollará dicho juicio de la manera más adecuada posible. Si me permiten, he traído un texto diplomático que he elaborado por mi cuenta para dicha instancia, el cual leeré y ustedes dirán si es adecuado o no. Además, he agregado el comunicado del terrible accidente de la doncella Margawse y de mi situación actual como gran maestre interino –clamó Dawrt, al tiempo que sacaba de entre sus ropas un manuscrito en vitela amarillenta. Respiró hondamente y dio inicio a la lectura con voz firme y fuerte, mientras el resto de los presentes lo miraban expectantes: 

            “Estimado rey Alfer III de la casa de Linere, soberano de todas las tierras que conforman el reino de Gore, desde la Marca Norte hasta los llanos del sur del Golfo de Feroth. Hoy, a 2148 años de comenzada la Segunda Era, la honorable Tierra Mágica se dirige hacia vuestra merced con el siguiente fin:
            Como sabéis, durante la batalla entre vuestro reino y el reino de Thira, hoy denominada La Batalla del Monte Kite, alguna de las partes ha utilizado el poder de algún artefacto mágico en su beneficio, liberando una magia altamente destructiva. Bien vale aclarar que la Tierra Mágica no sólo no proveyó de tal herramienta mágica sino que también condena su uso; sea quien fuese quien la haya usado.  Es por eso que hoy se le informa que el insigne Consejo de la Tierra Mágica ha decidido, basándose en los previos tratados de paz que ubican a la Tierra Mágica como garante de la paz entre ambos reinos, enviar un comisionado que formara parte de vuestra corte y consejo personal indefinidamente, al igual que de la misma manera se enviara un comisionado a Thira. El propósito central de tal acto consta en comprobar el cese de los actos militares entre otras cosas. Dicho comisionado arribará en cuanto se reciba vuestra aprobación escrita, aceptándolo. Se advierte que en el caso de negarse, se tomará tal actitud como elemento a la hora de juzgar quien de los dos reinos a utilizado el poder de la magia en su favor, acto que será castigado severamente a su debido tiempo.
            Como segundo fin, este comunicado informa a vuestra merced el fallecimiento inesperado de la dama Margawse D’eredoth Shonen, hija de Martinique Shelia Shonen y heredera legitima a ocupar la maestría de la Tierra Mágica. Tras dicho suceso,  mas la incapacidad de Martinique en seguir en el cargo por enfermedad, hoy preside al sabio Consejo de la Tierra Mágica el anterior consejero Dawrt de Melernia como Gran Maestre interino.”

            Alfer dejó caer  sus pesados parpados y bajo la cabeza levemente, luego, tras un instante, indicó con un gesto de su mano derecha que el emisario se retirase; al tiempo que dijo:
            –La respuesta que vuestro señor solicita será enviada, podéis partir.
            El anciano monarca estaba sentado sobre su trono, rodeado de algunos de sus consejeros; su asistente personal; y sus dos hijos. Reunidos para escuchar el importante comunicado que traía aquel emisario, que ahora daba la vuelta para partir nuevamente a sus tierras. Las noticias de la Tierra Mágica apesadumbraron aún más el senil rostro del monarca, quien mostraba un semblante agotado y rendido. No así sucedió con su hijo menor, Octavio.
            En cuanto el emisario cruzó las gruesas placas del portón principal, el joven príncipe también abandonó la sala por una de las puertas laterales, con los ojos bien abiertos y los dientes apretados, sin despedirse o dar su opinión al respecto. Su enojo con su padre y la situación misma eran evidentes. Dana, al ver salir de tal forma a su hermano, salió inmediatamente detrás de él.
            –Dejadlo hija, ya se calmará… –se apresuró a decir Alfer.
            –No padre, dejadme hablar con él –terminó diciendo la joven, al tiempo que cruzaba el arco de la puerta lateral.
            Su hermano ya había alcanzado la mitad del pasillo, pero ella lo siguió a trote hasta alcanzarlo y sujetarlo de su brazo izquierdo.
            –¡Aguardad! Hermano, aguardad ¿Qué os pasa que habéis huido así?
            Octavio se volteo violentamente y con la mano que mantenía libre abofeteó inesperadamente a Dana, la cual cayó hacia atrás sobre los baldosones de mármol pulido. Octavio inmediatamente continuó su marcha sin mirarla. Dana aguardó sentada sobre el frío suelo sin voluntad de levantarse, sólo se llevo una mano a su mejilla golpeada y comenzó a llorar.

viernes, 10 de junio de 2011

3º Parte - Capítulo 2

–II–

Era una noche oscura; sin estrellas ni luna. El cielo estaba cubierto por un manto de nubes negras, que se extendía hasta donde llegaba la vista. La única razón que permitía a uno distinguir entre sombras y figuras eran los faroles de aceite distribuidos a lo largo del muelle, con el fin de evitar accidentes. Bajo una pequeña aura de luz, proporcionada por uno de estos faroles, se encontraba un reducido grupo de hombres de mar, recostados sobre viejos barriles riendo y blasfemando; siendo lo único audible, sin contar el constante ruido de las aguas del río Meriadol chocar contra los postes de madera ennegrecidos con brea que mantenían al muelle en pie. Imbuidos en sus rizas y vozarrones, no se percataron que estaban siendo observados hasta que fue demasiado obvio. Una figura, totalmente cubierta por una capa marrón, ingresó dentro del aura de luz. Todos los hombres que hasta hacía un instante estaban riendo y hablando, enmudecieron por completo ante la sorpresa y empuñaron sus armas con velocidad hacia el desconocido.  
            –Calmaos, sólo quería saber si todo estaba en orden para el viaje de mañana –clamó el sujeto de capa marrón, dirigiendo su mirada a sólo uno de los hombres allí presentes, con una voz firme y de tono grave; pero a la vez poco natural, como si fuese una voz forzada.
            –Ah, erais vos…. Ya os dije que la barca estaría lista para mañana. A primera hora podremos partir –dijo uno de los hombres con voz áspera y corroída por el tiempo.
            –Sólo quería cerciorarme –clamó el sujeto que sólo tenía sus ojos al descubierto. Luego dio la media vuelta y comenzó a alejarse.
            –¡Hey! Recordad traer el dinero si no queréis terminar en el fondo del río –continuó el marinero junto con una risotada. El encapuchado volvió la cabeza hacia él.
Aunque sus compañeros también se le unieron en la risa a modo de broma, todos sabían que, de cierta forma, lo que había dicho podría ser cierto.
            –Tengo el dinero que habéis pedido. No os preocupéis por eso… Mañana a primera hora estaré aquí nuevamente. Buenas noches –terminó diciendo el sujeto de marrón, antes de salir del aura de luz y volver a perderse en la oscuridad.
            En cuanto el desconocido se fue, los marineros volvieron a donde se habían quedado; recostados entre barriles y vociferando entre ellos. Por otro lado, el sujeto de capa se alejó más y más, hasta que las fuertes voces de los hombres de mar se convirtieron en un murmullo, hasta desaparecer por completo. Continuó caminando hasta salir del muelle y escabullirse entre las estrechas calles de Erkelia. Esquivando charcos de orina y vagabundos desparramados, llegó hasta una oscura taberna poco concurrida del sur de la ciudad, en la cual entró.
            Las miradas que se enfocaron en su figura volvieron rápidamente a donde estaban; reconocieron al sujeto con sólo verlo. Aparentemente frecuentaba el lugar o directamente se hospedaba en el. El hombre se acercó hasta la barra del cantinero y, luego de saludarlo cordialmente, le pidió un buen plato de comida caliente. El sujeto del otro lado le respondió el saludo de la misma forma y luego se dirigió a buscarle el pedido. El sujeto permaneció unos instantes a la espera, mientras observaba de reojo al resto de los clientes. Todos portaban rostros dignos de temer, aunque inofensivos; también solían concurrir esa taberna y no hacían más que comer y beber.
            Sin esperar demasiado, apareció nuevamente el tabernero trayendo un plato con el especial del día; estofado de carne con verduras varias. El sujeto encapuchado permaneció allí comiendo y bebiendo, pero al llegar a la mitad de su comida avisó al cantinero que terminaría de comer en su cuarto y que luego le traería el plato. El tabernero, aparentemente acostumbrado al pedido, accedió sin molestarse. 
            La gema sobre su mano mantenía intacto ese brillo, característico de su interior, sin importar que a su alrededor hubiese oscuridad y sombras. Siempre brillaba. Como si una fuerza sobrenatural la obligara a observarla constantemente, Margawse jugaba con la roca girando sus caras y observando cómo la luz de su interior danzaba al compás de los movimientos; mientras, su mente cavilaba incesante. Inesperadamente, la puerta de la habitación se abrió velozmente, despabilando su semblante sereno e ido. Bajo el umbral, cruzó aquel sujeto de capa marrón, junto con un plato de comida que traía en sus manos; luego cerró la puerta detrás suyo.  
            –Mi señora, os he traído algo de comer –clamó el sujeto, aunque con una voz notablemente diferente; mucho más suave y delicada; al tiempo que depositaba el plato y una cuchara sobre la vieja mesa de madera, que ocupaba el centro del recinto.
            –Os agradezco Noelia, pero debo confesaros que no tengo apetito… –clamó Margawse.
            –Mi señora… Por favor, os ruego que comáis algo. Hace días que estáis encerrada en esta habitación y apenas queréis comer… ¿Os sentís bien?
            Margawse dio un suspiro.
            –No, no me siento bien… Todo esto… Esta roca… Lo que mi madre me ha contado… Tener que haber abandonado todo… ¿Cómo podría sentirme bien?  
            –Os entiendo mi señora… Disculpad mi insolencia… –musitó Noelia, bajando levemente la cabeza.
            –Por favor… No digáis eso… Vos no tenéis nada que ver. Es más, gracias a vuestra compañía y protección puedo sobrellevar esta pesadilla que me ha tocado vivir. Ojalá algún día pueda recompensaros por ello.
            –No mi señora, no haría falta. Al igual que el resto de mis compañeras, es mi misión protegerla. Y poder llevarla a cabo es suficiente recompensa.
            –Gracias Noelia, gracias…
            –Por eso es que también me preocupo por vuestra salud o ánimo.
Margawse sonrió inmediatamente y se acercó al plato de comida que su guardiana y amiga le había traído, sentándose a la mesa. Sumergió la cuchara en él y comenzó a comer. Aún estaba caliente y sabroso. Noelia, ya conforme, pasó a quitarse la capa de cuero desvelando el cuerpo de una joven mujer, de rizos castaños. Luego, se sentó a la mesa acompañando a Margawse.  Tras unos instantes de silencio, la charla se reanudó entre ambas mujeres.
            –¿Habéis confirmado el viaje de mañana? –inquirió Margawse.
            –Sí, mañana a primera hora cruzaremos Meriadol –contestó su compañera, quien luego prosiguió– ¿Creéis que Herdenia os ayudará?
            –Sí… Además es la única forma de seguir…
            El silencio volvió  nuevamente al recinto por unos minutos, hasta volver a quebrarse.
            –Os pido disculpas si os molestáis por lo que voy a preguntaros, pero… ¿Creéis que todo esto es lo correcto –clamó Noelia con un tono algo temeroso.
            Margawse no contestó inmediatamente; pensó por unos segundos
            –Creo en mi madre… Y por todo lo que me ha dicho, esta es la única posibilidad que tenemos para evitar que el mal recaiga sobre Agoreth nuevamente…
Noelia quedó sorprendida por la convicción de sus palabras; luego continuó:
–Entonces pensáis que Merithila…
–Ella sabía… –de pronto la voz de Margawse se cortó y sus ojos se volvieron cristalinos–. Ella sabía lo que podía pasar… Al igual que vos… –con la voz entrecortada por una angustia naciente, la joven trato de continuar–. Además… Hoy se vencía el plazo de espera... Si nadie nos ha venido a avisar de lo contrario, es porque todo lo que ha predicho mi madre se ha cumplido. Ahora sólo nos queda seguir… Seguir sin mirar atrás…
El semblante de Noelia se entristeció al escucharla, y sus ojos también se humedecieron…
–Perdonad… no debí preguntar… –terminó diciendo la joven, al tiempo que se levantaba de la mesa y se alejaba hacia una de las dos camas de la habitación. Sin decir más, se recostó y se tapó hasta la nuca con las carcomidas y húmedas mantas.
Margawse la miró entristecida; Merithila era su hermana, su única familia. Sin palabras de consuelo, la joven Margawse también decidió recostarse. Ya era lo suficientemente de noche y debían descansar; mañana les esperaba un arduo viaje.
Al día siguiente, aún muy temprano, ambas mujeres ya estaban despiertas y preparándose para partir. Mientras acomodaban sus ropas sólo el silencio las acompañaba. Cosa que Margawse decidió cambiar.
–Sabéis… Por la noche estuve pensando… –musitó la joven, lo suficientemente fuerte como para que Noelia se volviese hacia ella para escucharla–. Estuve pensando que seguirá siempre a vuestro lado, al mío y al lado de todos los que la conocieron. Porque sigue viva en el recuerdo que se cobija en nuestros corazones y siempre permanecerá allí…
–Recuerdo al cual no se puede hablar ni abrazar o cualquier otra cosa que solía hacer junto a mi hermana, porque es sólo eso, un recuerdo –clamo Noelia, aún triste y molesta.
–Merithila fue muy valiente y, aunque ya no podáis hablarle o abrazarla,  recordad esto y ella siempre seguirá acompañándoos –dijo Margawse, tratando de traer consuelo a su compañera y a sí misma.
Noelia miró a Margawse con fijeza por unos segundos y luego asintió con la cabeza al tiempo que dijo:
–Sólo espero tener el mismo valor cuando llegue el momento...
–Lo tendréis… 
Luego de la breve charla, ambas mujeres abandonaron la habitación y cruzaron la taberna, aún con algunos clientes desparramados sobre las mesas y la mayoría sin sentido. Al salir del lugar se encontraron con un día que no terminaba de nacer. El sol  no salía y el cielo apenas había aclarado su azul nocturno. La leve luz apenas dejaba ver los densos mantos de niebla que cubrían por completo las estrechas calles de Erkelia.
  Resguardadas en su totalidad por amplias capas de cuero marrón, las mujeres comenzaron seguir el camino que las llevaba hasta el puerto, evitando la basura característica de las ciudades o a cualquier sujeto que rondase por aquellas horas. Manteniendo un buen paso, no tardaron en pisar los tablones del muelle. Avanzaron por éste hasta que, entre la niebla, se divisaba una única figura de pie junto a uno de los faroles de aceite ya apagado. Se acercaron con cautela, hasta que la niebla dejo de cubrir sus rasgos; era el mismo marino al que Noelia había visitado el día anterior.    
–Bien, bien… Habéis venido a tiempo –clamó el hombre con su voz gruesa y ronca–. Pero quien… –terminó diciendo, al tiempo que dirigía su vista  a Margawse, que para ese entonces no era más que un sujeto encorvado, con el rostro bien cubierto y mirando al suelo.
–Es mi compañero de viaje –se adelantó a decir Noelia, modificando nuevamente el tono de su voz, que al tener la mayor parte del rostro cubierto, pasaba perfectamente por la voz de un joven.
–Bien… pero… ¿Os encontráis bien? –continuó el hombre de mar, dirigiéndose hacia la encorvada Margawse al notar su extraña postura.
Margawse notó que se dirigía hacia ella y, al no poder decir palabra alguna por temor a ser descubierta, simplemente tosió varias veces, al tiempo que seguía encorvándose.
–Está algo enfermo… Aún no recupera su voz y dudo que pueda decir palabra alguna durante el viaje –Clamó Noelia.
–¿Enfermo? –inquirió el hombre de mar, al tiempo que daba unos pasos hacia atrás, alejándose del sujeto encorvado– ¡Alejaos, no acerquéis vuestra peste hacia mí!
Antes de que pudiera seguir alejándose y gritando, Noelia lo tomó por el brazo con presteza diciéndole firmemente:
–¡No es peste! Si estaría contagiado de la enfermedad negra ni siquiera podría mantenerse en pie. Es sólo una tos crónica, os lo aseguro.
–No, vuestro amigo no viajará en mi barca. Sólo vos o nada –clamó el marino, manteniendo distancia.
–No, no entendéis. Este viaje es para los dos. Por ello os pagaré. Si no, el viaje se cancela –continuó Noelia.
Bajo la oscura capa de cuero, Margawse comenzó a sudar de los nervios al no entender el curso que su compañera le estaba dando a la conversación. Ese viaje era su única oportunidad y, si se cancelaba, quedarían varadas en aquella ciudad.
–¿Estáis dispuesto a perderos el dinero del viaje por miedo a una simple tos? –continuó Noelia, jugando con la avaricia del marino que en cuanto la escuchó, su semblante comenzó a mostrar vetas de indecisión en sus expresiones. Margawse entendió inmediatamente las intenciones de su compañera y se tranquilizó.
El sujeto no respondió hasta el cabo de unos segundos.
–Pagadme más… Cuando os dije el  precio no sabía que traerías a un enfermo con vosotros.
–¿Cuánto?
–El doble –se apresuró a decir el marino.
–Estáis loco, es demasiado por el riesgo de contagiarse una tos. Os ofrezco un tercio más.
–¿Tos? Sólo tengo vuestra palabra. ¿Por qué debería confiar en vos? La mitad más a la cifra que os dije y haremos el viaje.
Noelia accedió, asistiendo con la cabeza, y el hombre de mar no hizo más que estirar la mano.
–¿Ahora?
–¿Queréis viajar o no?
Noelia lo observó fijamente con mirada reacia, al tiempo que metió su mano derecha entre sus ropas y tomó a una pequeña bolsa de cuero. Hurgó dentro de ella y sacó la cantidad justa de monedas que aquel sujeto le requería, luego volvió a guardar la bolsa y le entregó el dinero. El sujeto se regocijó al palpar las brillantes monedas ahora en su poder y, luego de esconderlas dentro de uno de los bolsillos de su camisa, dijo:
–Adelante entonces. Pero os advierto. Si vuestro compañero comienza a vomitar sangre o algo parecido lo arrojaré de la barca y a vos también si intentáis impedirlo.
Noelia volvió a arrojarle la misma mirada desaprobadora.
–No os preocupéis, no vomitara sangre. 
Sin más que decir, los tres sujetos se acercaron a una pequeña barca que flotaba sobre las calmadas aguas del Meriadol. Noelia y Margawse se dignaron a subir, mientras el marinero desataba los cabos de las sogas que sujetaban su pequeña barca al muelle de Erkelia. Al terminar, él también subió a la barca; tomó uno de los remos y colocó su extremo sobre unos de los postes del muelle, para luego impulsarse sobre éste, separando la barca lo suficiente como para poder utilizar los remos con comodidad.
Luego de paletear varias veces, la barca se adentró por completo en las aguas del Meriadol en dirección oeste, siguiendo la corriente. La niebla era tan espesa como sobre la ciudad pero sobre el río, al no ver nada más que agua, no había punto de referencia alguno; para donde uno mirase, no había más que niebla haciendo parecer a su manto mucho más denso y hasta infinito.
–¿Siempre es tan densa la niebla a estas horas? –clamó Noelia, luego de varios minutos de silencio.
–A veces… –respondió el marino secamente.
–¿Tardará en disiparse? –volvió arremeter la joven, como si aquel  manto gris la pusiera nerviosa.
–Algo… Aún es muy temprano –dijo el hombre, que luego de una pausa continuó–. Si no queremos chocar contra nada indebido debemos mantener una marcha lenta, hasta que se disipe un poco esta neblina y haya más luz…
–Veo…
–Creo que no hace falta recordaros que fue vuestra merced la que insistió viajar a estas horas…
–No, no hace falta. Ya lo sé. Lo único que espero es llegar a destino antes que anochezca. 
El hombre no contestó, dejando escuchar con detalle a sus remos hundiéndose en el agua para luego emerger una y otra vez, siendo lo único que evitaba que el silencio fuese total.
Margawse seguía con la vista baja sobre la madera de la barca, escuchando con atención todo lo que sus compañeros de viaje tenían que decir, pero al cabo de unos minutos de silencio reinante, la mente de Margawe volvió a perderse en pensamientos futuros; volviéndose a llenar de dudas sobre lo que estaba haciendo y su posible éxito en ello. Sobre todo pensaba en la verdadera naturaleza de aquella gema que portaba. En cuanto la imagen de la piedra ocupó su cabeza, no pudo resistir el anhelo por volverla a sentir en sus manos. Sin que nadie lo notase, hurgó entre sus ropas hasta dar con la pequeña gema. Palpar sus delicados lados, tan suaves como fríos, la tranquilizaba. Aunque no podía verla, la joven comenzó a hacer el mismo movimiento con sus dedos que solía hacer para mirar el brillo cambiante de su interior. Así permaneció largo rato, tal vez hasta horas.
El tiempo pasaba y los tres ocupantes de la barca parecieron haberse acostumbrado al silencio. Nadie abrió la boca más que para bostezar. Pronto el cielo dejo aquel azul claro previo al alba para volverse celeste y luminoso; indicio de que el sol había nacido sobre el horizonte. Aunque la claridad aumentaba considerablemente con el paso del tiempo, los espesos mantos de niebla no parecían disiparse. La única modificación perceptible fue en su color; de ser una niebla oscura y grisácea a ser tan blanca como las nubes.  
–¿Cómo vamos de tiempo? –inquirió Noelia recordándole a los demás el sonido de su voz que hace horas había permanecido ausente.
–Bien… Aunque la niebla persista, igual llegaréis antes del anochecer; la marcha es lineal, así que no hay problemas de perderse por algún brazo del río…
Luego de un nuevo periodo de silencio, aunque mucho más corto que el anterior, el sujeto que maniobraba los remos retomó la conversación.
–Veo que vuestro compañero ya se siente mejor… No ha tosido ni una vez desde que partimos…
–Visteis, os dije que no había por qué temer, era sólo una tos –contestó Noelia, con ciertas dudas sobre las intenciones del comentario del marino.
Tan sólo escuchar que la nombraban llenaba de nervios a Margawse, quien no tardó en sentir las palmas de sus manos húmedas de un leve sudor.
–Bien, bien, eso me tranquiliza. Pero no penséis que por ello os devolveré algo de vuestro dinero –se detuvo por un segundo y continuó–. Perdón, mi dinero –terminó diciendo el marino, echando una carcajada que no tuvo afiliación en el resto del grupo.
 Luego de apaciguar su humor, le dio unas palmadas en el hombro al sujeto enfermo y volvió su atención a los remos. Unos instantes después, la tranquila marcha por el Meriadol sufrió un sobresalto inesperado. El barco chocó contra algo y se tambaleó hacia un costado. Margawse perdió el equilibrio y la pequeña roca que traía se resbaló de sus delicados dedos para comenzar a rodar sobre los maderos de la barca. Inmediatamente, los ojos del hombre de mar se abrieron desmesuradamente al ver a semejante joya rodar hacia sus pies. Tras chocar contra la suela de sus botas, la gema se detuvo y el sujeto se inclinó para tomarla entre sus dedos. Poseído por el brillo intrínseco de la joya, sus ojos se negaban a parpadear. Noelia observó todo desde la otra punta de la barca y creyó que no había más solución que desenvainar su espada, pero antes que llegara siquiera a apoyar la mano sobre la empuñadura del arma, Margawse se irguió inmediatamente y le quitó la gema de un veloz manotazo al marinero, para luego volver a su posición. Instintivamente, el sujeto se enfureció por el vil acto de aquel enfermo, al punto de dejarse llevar y desear abalanzarse sobre él y quitarle aquella preciosa joya. Pero tras una fracción de segundo, recordó que no estaba solo y miró de reojo al otro hombre, quien tenía su mano derecha peligrosamente cerca de la empuñadura de su arma. Tranquilizó su enojo interior y volvió a ubicar sus manos sobre los remos, mientras sus ojos comenzaron a recorrer los laterales de su barca, buscando algún indicio de aquello que los había hecho tambalear. La niebla seguía siendo lo suficientemente espesa como para impedirle divisar cualquier cosa que no fuese el agua que chocaba contra su bote.
–¡¿Qué fue eso?! –inquirió Noelia, prefiriendo dejar de lado el breve incidente con la gema.
El marinero recuperó su postura y volvió a mirar a Noelia.
–No sé… Aunque es probable que haya sido un cuerpo…
–¿Un cuerpo? –volvió a preguntar la joven con cierto asombro.
–Sí, un cuerpo. De Erkelia… Y seguro que fue la corriente la que lo arrastró hasta aquí. Recordad que es una ciudad muy peligrosa por las noches…
Tras la breve explicación, el asombro de Noelia se diluyó por completo, ya que lo que decía tenía bastante sentido.
–¿Lo visteis? –continuó preguntando la joven.
–No… La niebla sigue siendo muy densa…
–Espero que no vuelva a pasar… –dijo Noelia, fijando sus ojos en los mantos de niebla.
–No, no creo…
Luego el silencio los volvió a invadir, pero de una forma más rígida, que tensaba los nervios. Luego de un rato el marino volvió a hablar.
–Así que… ¿Transportáis un pequeño tesoro?  
Ambas mujeres se pusieron muy nerviosas al escucharlo, pero Noelia supo ocultarlo y contesto serenamente:
–Es una reliquia familiar… 
–Sólo preguntaba…
El sujeto continuó remando rítmicamente, sin bajar la vista, la cual estaba puesta sobre los dos sujetos que lo acompañaban, pero sobre todo encima del que lo había contratado; quien se encontraba en el otro extremo del bote, fijando sus ojos sobre él sin decir palabra alguna. Noelia había quedado particularmente intranquila tras la simple pregunta y enfocó toda su atención a cada movimiento del marinero mientras su mano derecha, sin que aquel se percatara, ya estaba sobre la empuñadura de su espada.
Mientras se medían con la mirada, en la mente del marinero sólo se encontraba el recuerdo de aquella gema sobre sus manos. El recuerdo retornaba continuamente, excitando el pulso de su corazón. No tardó en calcular todo el dinero que podría conseguir a cambio de aquella joya y comenzó a imaginarse a sí mismo gastándolo. Tesoro que sólo se encontraba a un  paso de él, sobre las manos de un hombre enfermo e indefenso. En ese caso, la decisión no debería ser difícil; pero el escenario aún no estaba completo. También estaba aquel otro sujeto que no dejaba de mirarlo. ¿Era la espada que traía envainada en su cinto razón suficiente como para perderse aquella joya?  Las mismas imágenes se repetían en su cabeza una y otra vez con aquella pregunta como música de fondo. Sus músculos se tensaron y gotas de un sudor frío comenzaron a recorrerle las marcas de su rostro.  
–¿Algún problema? –Preguntó Noelia quien notó las gotas sobre su piel y la mirada ida de sus ojos.
–No… Ninguno… –contestó.
Con increíble presteza, el marinero dejo de remar y se abalanzó sobre el sujeto al otro extremo del bote, al tiempo que sacaba de entre sus ropas una larga daga curvada. Noelia reaccionó inmediatamente como si fuese un espejo de su enemigo y echó su capa de cuero hacia atrás, dejando que su mano derecha desenfunde con libertad la espada corta que llevaba en el cinto. Veloces como un rayo, ambas armas cortaron el aire hasta que alcanzaron sus objetivos. La sangre estalló en torrentes por toda la barca. Margawse alzó la vista y comenzó a gritar sin consuelo al presenciar a su amiga y protectora, Noelia, dejando caer la espada que portaba para tomarse con ambas manos su garganta abierta de oreja a oreja. Sin poder evitar que la sangre se le escurriese a borbotones entre los dedos, pronto perdió las fuerzas y el sentido. Al cabo de un instante, se desvaneció cayendo pesadamente sobre las aguas del Meriadol. Margawse continuó gritando sin descanso, mientras gruesas lágrimas caían de sus ojos, mezclándose con las manchas de sangre de su amiga que le cubrían  el rostro. Pero el terror y la desesperación la paralizaron por completo al ver a su asesino. Éste se encontraba de pie sobre la barca, tomándose el estomago abierto por la hoja de Noelia, mientras que con la otra mano seguía sujetando la fina daga curvada repleta de sangre, sin contar con las fuerzas para volver a usarla. Agonizante, su cuerpo comenzó a tambalear a punto de desplomarse en cualquier momento.
El tiempo pareció congelarse y los segundos se volvieron eternos. Miles de ideas, imágenes y valores invadieron la mente de Margawse hasta que ésta recuperó la voluntad. Sin dejar de llorar, se inclinó hacia un costado para tomar la espada de Noelia, que se encontraba a sólo un paso de ella, y se lanzó de lleno con el arma nuevamente sobre el estomago del marinero, enterrándole la hoja hasta que su extremo salió por el costado izquierdo de su espalda. El sujeto cayó hacia atrás junto con el arma incrustada, sumergiéndose en las aguas del río, para luego reflotar y perderse entre los densos mantos de niebla.
Margawse cayó rendida sobre la barca, ahogándose en su propio llanto y desesperación. A pesar de que su boca estaba abierta y mantenía los músculos de la garganta tensos, no emitía sonido alguno. Eran gritos mudos, gritos de eterno dolor sólo escuchados por el propio corazón, atormentado y sin consuelo.


viernes, 3 de junio de 2011

3º Parte - Capítulo 1

-I-

El pequeño recinto que hacía de cripta se encontraba atestado de velas de diversos tamaños, todas ellas a medio consumir. Sus débiles llamas se encontraban de tal forma que iluminaban con claridad el centro de la habitación, precisamente el altar de piedra que allí se encontraba. Altar que se encontraba ocupado con el cuerpo tieso y sin vida de la joven Margawse. Su ser frío y pálido se encontraba cubierto por un lujoso vestido de seda azul, lleno de pequeñas incrustaciones de lapislázuli y bordado con hilos de oro. Su cabello había sido trenzado y sobre sus sienes había una tiara de plata pulida, mientras que de sus orejas colgaban dos pendientes del mismo material, que centelleaban a la luz de las velas. Sus manos, dispuestas una sobre la otra sobre su vientre, lucían brillosos anillos sobre sus dedos; mientras que sus pies calzaban sandalias doradas. Pero ningún tipo de ornamento podía compararse a su belleza natural. Belleza que se había consumido junto con su vida. Ahora su rostro pálido sólo traía dolor y sufrimiento a quien lo mirase.
Detrás del círculo que formaban las velas sobre el altar, sólo se encontraba una espesa oscuridad cargada de una humedad gélida, proveniente de los gruesos muros subterráneos, que helaba los huesos y comprimía los corazones. Era realmente un ambiente triste, que sólo transmitía desesperación y muerte en el aire. 
Recostado sobre sus rodillas, un sujeto se encontraba frente al altar enteramente cubierto por una túnica oscura, dejando únicamente al descubierto sus dos manos con los dedos entrecruzados en señal de oración. Sus ojos no miraban el cuerpo sobre el altar, sino los fríos bloques del suelo. Así, aquel hombre permaneció arrodillado por largo tiempo sin siquiera moverse.
Luego, una serie de pasos acercándose rompieron con aquel silencio mortecino. Otro sujeto, también cubierto por una túnica marrón oscuro, se ubicó al lado del hombre arrodillado sin hacer caso a este. Sólo permaneció allí, de pie, contemplando a la joven sobre el altar. Al cabo de unos minutos también se arrodilló junto al otro hombre.  
–No creí que viviría para presenciar tan terrible suceso… –musitó el recién llegado.
El otro sujeto lo miró y corrió su propia capucha hacia atrás, descubriéndose el rostro. Era Golthor.
–Lo sé Edorias. Yo siento lo mismo. Es la mayor desgracia que ha sufrido la Tierra Mágica…
–Si… Ahora, con nuestra señora agonizando sus últimos días y su hija, la legítima heredera para sustituirla, aquí, muerta delante nuestro; estamos en las manos de aquel hombre impulsivo que se deja llevar por las debilidades del hombre común… –clamó Edorias con frustración en la voz.
–Eso es cierto, pero debo reconoceros que mi corazón sufre más por la pérdida de Margawse y no por la situación que ello genere…
–Mis perdones Golthor… Ahora me siento avergonzado y ya no tiene credibilidad que os diga lo mismo. Mis perdones… –dijo su compañero al darse cuenta de sus palabras.
–No tenéis porque. Al fin y al cabo, la protección y prosperidad de la Tierra Mágica es siempre lo más importante. Más que nosotros mismos –musitó Golthor, quitando de ofensa a las palabras de Edorias.
–Si… Tierra Mágica que ahora está en manos de Dawrt, auto declarado Gran Maestre interino– acoto, Edorias.
–Era de esperarse. Alguien tenía que cubrir aquella falta de autoridad…
–Si ¿Pero tan rápido y sin la aprobación del Consejo? –insistió Edorias–. Además, si la situación no cambia. Todos caeremos en la perdición. Puesto que participar de la guerra entre Thira y Gore, es lo único que significa para nosotros: perdición.
–Vuestras palabras son muy ciertas. Pero debéis tener cuidado de quien las escucha.
–No temáis por ello. Peor sería permanecer cruzados de brazos –hizo una pausa y ambos se miraron evaluando sus pensamientos, luego continuó–.  Volveremos a hablar viejo amigo, por ahora me despido –terminó diciendo Edorias, mientras se ponía de pie y se dirigía fuera del recinto.
En cuanto Edorias se diluyó entre la espesura de la oscura humedad, Golthor volvió a sus oraciones.

Octavio caminaba a paso firme  con una mirada recia, que los guardias preferían esquivar cuando lo veían pasar delante suyo. El sol ya se había ocultado y todo el castillo se encontraba en sombras y oscuridad, pero igualmente Octavio insistió a los guardias reales, que custodiaban los aposentos de su majestad, que lo dejasen entrar. Inmediatamente, uno de los soldados pidió al príncipe que aguardase unos segundos, y luego pasó a entrar en los aposentos reales, para avisar al monarca la presencia de su hijo. Luego de hacer una leve reverencia dijo:
–Mi señor, rey de todo Gore. Vuestro hijo se encuentra aquí, fuera de sus aposentos, insistiendo en hablar con vuestra majestad –sin poder decir más fue inmediatamente interrumpido.
El portón de la cámara volvió a abrirse bruscamente, dejando el paso libre al príncipe Octavio, quien entro velozmente.
–Padre. Disculpad las horas, pero necesitaba veros sin más demoras –tras decir esto se volteó hacia el guardia que allí se encontraba–. Podéis retiraros.
El guardia quedó sorprendido por la repentina entrada del príncipe, el rey aún no le había dado su permiso. Sin osar hacer nada al respecto, simplemente irguió su postura y se retiró del recinto, cerrando la puerta detrás de él.
Esta vez Alfer no se encontraba ocupando su trono, cubierto de finas telas y ornamentos… No; esta vez se encontraba recostado sobre su lecho, vestido únicamente por un camisón blanco, cubierto por sábanas del mismo color  y diversas pieles para darle abrigo y protegerlo de la incisiva humedad de los muros que, tarde o temprano, le robaría la vida. Sus pesados párpados se entreabrieron y sus labios se separaron débilmente.
–Hijo… Debéis calmar vuestro temperamento si queréis vivir más años que yo… –musitó el rey. Luego de una leve pausa continuó–. Si aún conservo la cordura podría asegurar por lo que has venido a hablar… –terminó diciendo el anciano soberano.
–Probablemente. Sé que ya hablamos de ello por la mañana, pero no podía seguir aguardando un día más para decir lo que he venido a decir –clamó el hombre.
–Os escucho… –dijo Alfer con voz tenue y débil.
–Sé que a lo largo de los años vuestra majestad ha confiado ciegamente en los consejos de los maestres de la Tierra Mágica. Pero esta vez es distinto… Creo que os estáis equivocando y gravemente –Octavio hizo una pausa esperando la respuesta de su padre, pero esta no llego; el rey permaneció callado, esperando escuchar todo lo que el joven tenía por decir–. Esta vez es distinto, porque el enemigo es distinto. Como os he dicho, Thira debe contar con el poder de las artes oscuras, el poder de la magia… Fuerzas que usará contra nosotros en cuanto recuperen sus tropas; mientras nosotros, por más que volvamos a reunir un ejército similar, nada podremos hacer contra ellos. Tal vez… Tal vez la Tierra Mágica nos ha traicionado y es ella la que provee de artes oscuras al gobierno de Thira.
–Callaos, callaos… –clamó el anciano, elevando su  tono de voz con cierto es fuerzo, al tiempo que negaba con la cabeza–. Si de algo estoy seguro es de que la Tierra Mágica no nos ha traicionado. A lo largo de toda mi vida y a lo largo de la vida de mis ancestros, la Tierra Mágica jamás se ha corrompido por los poderes mundanos.
–¿¡Entonces!? ¿Entonces cómo explicáis lo que el enemigo nos ha hecho? –clamó Octavio, con vigor y sin ocultar su enfado.
–Según como me habéis relatado los hechos de la batalla del monte Kite, lo que Thira hizo no sólo fue contra nosotros, sino también contra ellos mismos. Dieron utilidad a una fuerza oscura que no son capaces de controlar. Una fuerza que deben haber encontrado de cualquier otra forma, menos de las manos de la Tierra Mágica.  
–No entiendo vuestra necedad, padre. Es cierto que también ellos fueron consumidos en el fuego de los infiernos que ellos mismos trajeron. Pero igualmente no es posible otra fuente de tal poder que no sea la Tierra Mágica. No existe ni ha existido otra fuente de tal poder… –dijo el príncipe, al tiempo que comenzaba a caminar en círculos impulsado por el nerviosismo.
–Eso es algo que no sabemos y que debemos preguntar. Y es justamente a los sabios de la Tierra Mágica a los que recurriré para conseguir las respuestas que nos faltan…
Octavio se volvió  frustrado hacia su padre y dijo:
–¡Veis! ¡Veis lo que digo! Tenéis demasiado en cuenta todo lo que ellos hagan o digan, como si fueran parte de vuestro gobierno. ¿Desde cuándo somos una provincia de la Tierra Mágica? No veis que siempre hacéis lo mismo… ¿Y si nos mienten?
El rey se pasó la lengua por los labios para evitar que se resequen y con su tono de voz, característicamente opuesto al de su hijo, le respondió.
–Sois demasiado joven para comprender los lazos que unen a Gore con la Tierra Mágica; lazos de respeto mutuo, lazos que persiguen los mismos objetivos; el bienestar de todos. No entiendo porqué os resulta tan difícil creer que tales lazos puedan existir, sin esconder un lado oscuro o malas intenciones ¿Acaso dudáis de vuestros propios valores?
–No dudo de mis valores, dudo de los valores del resto y sólo respondo a los hechos. Thira tiene una fuente mágica de poder y de algún lado debió haber salido… –clamó Octavio, quien luego de una pausa continuó– Además… Aunque los ancianos de la Tierra Mágica no nos hayan traicionado, tampoco hacen nada para ayudarnos. Es hora de quitarnos de encima a ese par de ineptos que se negaron a ayudarnos en la guerra contra Thira. Y probablemente se sigan negando a pesar de lo que ha sucedido.
–Por favor hijo… Siempre supisteis que la Tierra Mágica sólo sigue la vía diplomática hasta agotarla por completo. Vuestras palabras ya carecen de fundamento y parecen fruto del recelo, más que de la razón –dijo el anciano monarca, sin moverse de su lecho–. Sabéis que el rey de Thira ha muerto; su heredero no es más que un niño. Si las negociaciones diplomáticas se renuevan, seguramente se dará fin a esta guerra, sin derramar más sangre.
–No padre, no me estáis escuchando. Teodeo, justamente porque es un chico hace lo que le diga el Consejo de Dagobert; la guerra no hizo más que empezar. Sois vos el ciego. Si la Tierra Mágica no ratifica su alianza con nosotros,  ayudándonos en el campo de batalla, no sólo son unos buenos para nada, sino que también confirmarían mi sospecha de que nos han traicionado. Mientras que, por otro lado, siguen endulzando vuestros oídos con consejos razonables y pacíficos, que son lo suficiente para teneros amarrado a su placer –clamó Octavio, con cierta prepotencia en sus palabras, al notar que su padre le hacía oídos sordos.
–Calmad vuestras palabras; no os olvidéis que además de ser vuestro padre soy el rey de Gore; tu rey –el monarca hizo una breve pausa prosiguió–. Gracias a la ayuda de la Tierra Mágica, la paz ahora quebrada perduró más de lo que nadie creía. Así que no hay que buscar culpas donde no las hay. Nuestro único enemigo es Thira.
–Pero… –Octavio no pudo ni siquiera terminar una oración, que fue interrumpido por su padre.
–¡No, basta de especulaciones innecesarias! –clamó el rey con un gran esfuerzo de su cuerpo, que lo obligó a toser repentinamente durante los segundos después. Octavio no dijo nada, miró fijamente a su padre mientras se recuperaba. Tras unos instantes, el monarca continuó–  Hijo…. He gobernado por muchos años y sé lo que hago…
–Sé perfectamente el tiempo que habéis portado la corona, tal vez ya sea demasiado… –Al ver que ya no tenía sentido seguir incurriendo en el mismo tema, Octavio terminó de decir tales palabras y se volteó, abandonando la habitación con la misma brusquedad con la que entró.
Inmediatamente, luego de retirarse Octavio, entró unos de los guardias para consultar al rey sobre su estado y si su majestad requería de algo antes de dormir. El monarca despidió al guardia con un simple gesto de mano, quedando nuevamente en soledad.   
Alfer, sentido por  las últimas palabras de su hijo, permaneció tendido con su semblante entristecido, aunque calmó su conciencia eligiendo creer que sólo fueron palabras fruto del enojo. Aferrándose a que su hijo terminaría entendiendo sus decisiones, el rey dejó que el peso de sus párpados cerrara sus ojos naturalmente, aguardando así hasta conciliar el sueño.
 A pesar de que la aurora del día siguiente trajo consigo los fríos vientos del este, el cielo se encontraba despejado de nubes. Sólo un eterno manto celeste se alzaba sobre los goretios al despertar plenamente, iluminado por un sol radiante que subía lentamente desde el horizonte. Ese día la princesa Dana se había levantado tan temprano como el día. Luego de dedicarle un momento de oración a Ishk en el pequeño templo del palacio, se dirigió al comedor para romper el ayuno junto con su padre. La princesa notó al monarca con un temple más apesadumbrado  de lo que acostumbraba verlo. A pesar de que inquirió al respecto, el rey calmó sus preocupaciones diciéndole que sólo se debía a una mala noche. A continuación, luego de haber terminado de comer y beber, la dama aprovechó la compañía de su padre para decirle que deseaba salir unos minutos del castillo y caminar un poco fuera de sus húmedos muros; el día era muy bello como para no hacerlo. Sin preguntas, Alfer la despidió dulcemente, procurándole que disfrute de la naturaleza como toda jovencita de su edad. Dana se despidió con la misma ternura y abandonó el recinto acompañada de su damisela principal, Beatriz, que siempre seguía sus pasos a menos que ella misma se lo negara.    
Ambas mujeres atravesaron pasillos y patios internos, charlando y riendo como dos jovencitas despreocupadas. Era poco usual ver a la princesa Dana mostrando su alegría y gracia, generalmente conservaba un semblante de serena seriedad y respeto. Pero esta vez era distinto; algo la mantenía suficientemente contenta como para hacerla olvidar de su acostumbrado comportamiento. Las dos mujeres avanzaron a paso lento, bajo las miradas serias y apesadumbradas de los guardias, creando una atmósfera de notable contraste. Atmósfera que se mantuvo hasta salir del castillo, en donde la fuerza vital de aquel majestuoso día era acorde a la vitalidad de las mujeres ,que se mostraron aún más alegres al caminar bajo los rayos del sol, que cubrían sus rostros como una cálida caricia. Sus cuerpos y ropas brillaban ante la intensa luz, expulsando todo rastro de  opacidad y humedad, características de vivir entre los gruesos muros del castillo.
Ante sus ojos se extendía un hermoso paisaje digno de contemplar. El sol apenas cubría las cumbres de las Montañas Eternas del este, tiñendo sus mantos blancuzcos de nieve pura, de un dorado radiante. Los rayos de sol, que se escurrían entre las cúspides, hacían rebosar de brillo a la Laguna Serena; al punto que cegaba la vista. Por último, la joven luz de aquel día inundaba las praderas, volviéndolas aún más verdes, hasta llegar a los imponentes muros de Herdenia. Los tejados de las casas, apiñadas unas junto a otras, resplandecían bajo la potente luz del sol.
Ambas mujeres permanecieron unos instantes contemplando aquel espectáculo de la naturaleza, como si estuviesen memorizándolo para recordarlo cuando estén nuevamente dentro de los húmedos muros del castillo. Luego, las dos damas comenzaron a descender de la mano por la pendiente que alzaba al palacio real y tenía a sus pies al resto de la ciudad, tras una muralla secundaria. En sí, se trataba de una pequeña colina. Toda Herdenia se encontraba construida a su alrededor y en parte sobre ella, pero en la cúspide de la misma sólo se encontraba el palacio real, separado del resto de la ciudad por algo menos de media legua. El espacio formado sólo estaba ocupado por escasos almacenes, molinos, cuadras y una barraca externa. El resto del espacio seguía verde y jaspeado por árboles aislados.
Pronto estuvieron fugitivas de las miradas vigilantes de los guardias de las almenas al recostarse detrás de uno de los muros de un almacén, en donde aguardaron unos segundos para recuperar el aliento, ya que se alejaron bastante en poco tiempo y el agotamiento no tardó en notarse. 
–Uf, cuanto que caminamos –clamó Dana con la voz algo agitada. Beatriz sólo asintió con la cabeza, respirando aún más agitada que su señora–. ¿Creéis que estemos lo suficientemente lejos? –inquirió Dana.
–Sí mi señora; nuestras figuras sólo deben ser puntos difusos para los que nos observasen desde el castillo; si es que nos estuviesen observando… –contestó la damisela.
–Sí, tenéis razón, me preocupo mucho. ¿No? –Beatriz volvió a asentir junto con una sonrisa en sus labios–. Pero igualmente he disfrutado de la acelerada caminata. Caminar bajo este sol es un placer, por más que mis pulmones se quejen de ello –terminó diciendo Dana, mientras soltaba una pequeña carcajada.
–Estáis en lo cierto –contestó Beatriz, manteniendo su sonrisa.
–Bueno, creo que ya recuperé el aliento ¿Seguro que no os molesta aguardarme aquí? –preguntó la princesa.
–No mi señora, en absoluto. Me distraeré juntando flores, y tal vez hasta haga una guirnalda con ellas si el tiempo me alcanza.
Dana rió.
–Trataré de no tardar tanto.
En cuanto dijo esto, Dana se puso de pie rápidamente y se despidió de su damisela con un gesto de sus manos y una sonrisa, el cual fue respondido de la mima manera. Dana continuó descendiendo sola por la empinada colina, escabulléndose entre las sombras de los árboles, por si había alguna mirada lejana sobre ella; aunque fuese improbable, prefería no correr riesgos. Sus pasos eran ligeros y rápidamente se alejó del almacén en donde había estado con Beatriz. Después de unos pasos más, Dana divisó unas ruinas de un viejo molino en desuso e inmediatamente sus pasos dejaron de ser ligeros, para convertirse en trote. Dirigiéndose en dirección a aquel molino, Dana avanzaba con velocidad y con una vitalidad rebosante sobre su rostro. En cuanto estuvo sólo a unos metros del lugar, vio a Self sentado entre los escombros. Ahora la razón de su alegría quedaba al descubierto. Pronto Self también la vio a ella y su semblante cambió, contagiándose de la misma vitalidad y contento.
            Pronto sus cuerpos se entrecruzaron en un largo abrazo y sus labios se unieron apasionadamente para no separarse, desahogando sus profundos sentimientos de añoranza y deseo. Luego, sus miradas chocaron y se perdieron mutuamente, una sobre la otra, largos segundos antes de que Dana dijera las primeras palabras.
            –¡Cuánto os he extrañado! El tiempo que pasa sin veros se me hace eterno, por más que haya sido sólo un día o apenas unas horas. Mi corazón no podrá resistir así por siempre…
            Tras decir esto, Self volvió a abrazarla tan fuerte como la primera y habló a su oído con sinceridad.
            –Lo sé Dana… Cada vez que os escucho y siento vuestra piel, mi corazón desborda del amor que os tengo.
            Como respuesta, Dana sólo se aferró con más fuerza a las ropas de su amado, sin pronunciar palabra. Al cabo de unos segundos, los brazos de ambos se fueron separando lentamente, diluyendo el abrazo pero manteniéndose unidos por las manos.
            –Ya sé que lo hemos hablado varias veces; hasta el cansancio; pero ya no sé si permanecer escondidos sea lo correcto. Temo que mi padre se entere por otra boca que no sea la mía de nuestro mutuo sentimiento –musitó Dana, sin despegar los ojos de su amado–. Además… –intentó continuar Dana; pero su propia duda la detuvo.
            –¿Además qué? –inquirió Self.
            –No se… Pero tal vez mi hermano ya lo sepa. Sus miradas y comentarios así lo hacen parecer. Lo único que me hace dudar de que así sea, es que aún no se lo ha dicho a mi padre, ni tampoco me enfrentó de forma directa con sus dudas o aciertos sobre nuestra relación… –exclamo Dana, exponiendo sus temores.  
            –No os preocupéis por ello. Ya os he dicho que si vuestro hermano, aunque sea sospechase, mi cuerpo ya carecería de vida –clamo Self.
            –¡Basta! ¡Dejad de decir eso! ¿No veis que tales palabras sólo me hacen sufrir? La sola idea de perderos es una puñalada. No lo volváis a hacer… –clamó la princesa con vigor en sus palabras.
            Self no contestó, sólo la miró por unos instantes, hasta que la mirada de ambos se volvieron cristalinas. Acto seguido, se juntaron en un breve abrazo, que Self aprovechó para susurrar a los oídos de su amada que lo perdone. Los dos sabían que Octavio sería capaz de ello. Por más que Dana obviara admitirlo, era una de las principales razones por la que ocultaban su amor. Al separarse nuevamente, Self apreció cómo el rostro de Dana se encontraba entristecido, al punto de llorar. Inmediatamente pasó su palma por la suave piel de su mejilla, devolviéndole la frescura y alegría de antes.
            –Que fácil le devolvéis la alegría a una mujer… –musito la princesa con una leve sonrisa.
            –Sólo si la amo y ella a mi –respondió Self sonriente.
            –Bastó una simple caricia para hacerme recordar…  –musitó con un tono de voz débil y dulce al mismo tiempo.
            –¿Recordar? –dijo Self1 frunciendo el seño.
            Dana no le contestó, sólo besó sus labios dulcemente y volvió a decir.
            –Quisiera estar siempre a vuestro lado, para que no haga falta recordar lo que se siente.
            Self sonrió y luego dijo:
            –Y… ¿Y vuestro padre estará preparado para saberlo? –clamó Self, reorientando el tema aunque sin cambiarlo.
            –Esa es una duda que siempre me ha perseguido, pero con el pasar del tiempo creo que sólo lo sabremos al decírselo –Dana pausó sus palabras y luego prosiguió–. Recordad que fue él quien pidió que yo dejase el confinamiento del templo de Ishk para estar a su lado. Es obvio que hasta él sabe que los días que le quedan son escasos –volvió a hacer un pausa y continuó–. Además, si llegase a morir sin saberlo, yo me veré obligada a volver a mis funciones de sacerdotisa, teniéndome que separar de vos… El sólo decirlo me tortura. No, no podemos esperar más…
            Self se abalanzó sobre ella, atrapándola entre sus brazos, y se besaron nuevamente. Poseídos por sus sentimientos e instintos se arrojaron a la hierba y sus manos comenzaron a perderse entre sus cuerpos. Al cabo de unos segundos, Dana recuperó la voluntad y se separo abruptamente de su amado.
            –No podemos… Sabéis que aquí y ahora no podemos dejarnos llevar.
            –No sé si podré contenerme.
            –Debéis... Debemos… Es sólo por unas horas. Además este lugar me pone nerviosa… Hasta aquí siento que estamos siento vigilados. Como si todo, desde las rocas hasta los pájaros, tuviesen ojos enfocados sobre nosotros…
            –Esta bien, aguardaremos a que las sombras de la noche sean nuestras sábanas –musitó Self junto con un nuevo beso.
            –Yo… Yo he venido por algo más –dijo la joven.
            Self volvió a poner expresión de incógnita frunciendo el seño.
            –Ayer, cuando os fuiste de mi habitación, quería daros algo que al final no os dí; No sabía si hacerlo.... En estas horas que han pasado sin veros, me he arrepentido  y he venido aquí especialmente para remediarlo –clamó Dana, con sutil misterio en su voz, al tiempo que sacaba de entre sus ropas un papel doblado en dos partes.
Self lo tomó sin decir nada y lo abrió lentamente. Dentro había una flor seca de tonos púrpura que jamás había visto y un pequeño verso escrito sobre el papel. El simple hecho del regalo inesperado  había conmovido a Self, que antes de comenzar a leer dirigió una mirada de agradecimiento a su amada.
–Es un pequeño poema que escribí en tiempos de soledad… Cuando aún estabais en aquella misión en el monte Kite. Al trazar sus líneas sentía que estaba más cerca vuestro, sentía cómo nuestro amor nos mantenía unidos –tras decir esto Dana tomó la mano de Self con fuerza y éste la sujetó de la misma forma, mientras ambos se miraban con ojos vidriosos. Luego Dana continuó–. En su momento no os lo di por vergüenza a mis propios sentimientos… Pero ahora sé que hubiese sido egoísta esconder mi corazón, sobre todo a quien le pertenece, a vos...
Self dejo caer una lagrima por su mejilla, provocada por la inmensa pureza del amor que su amada sentía por él. Sus palabras tenían el poder de susurrar directo al corazón…  
Luego, Self parpadeó varias veces, para evitar que las lágrimas le nublasen la vista y se dignó a leer el pequeño verso. Tras los segundos de lectura, sus manos siguieron aferradas con la misma fuerza. Al terminar de leerlo, miró a  su amada y le dijo con una voz cortada y apenas perceptible:
–Bellísima Dana… Fruto digno de un alma tan pura y hermosa como la vuestra. Desearía que el tiempo dejara de correr, para pasar la eternidad a vuestro lado…
Tras esto, ambos se juntaron en un nuevo abrazo y se besaron por largo rato, expresando su amor sin pronunciar palabra alguna. Luego, Dana cortó con aquel silencio.  
–Ahora lo entiendo…
–¿Qué? –inquirió Self.
–Que tal vez aquel verso no sea tan bello como decís. Tal vez sólo sean palabras con apenas coherencia –clamó Dana.
–No, cómo vais a decir… –comenzó a decir Self, sin poder terminar al ser interrumpido por la joven, quien le tapó los labios con la yema de sus dedos.
–Pero es bello para vos… Es bello para ambos por que nos amamos; esas simples palabras, escritas en aquel papel, están recubiertas por ese sentimiento, y es eso lo que le da su verdadero sentido. Sentido que no se lee con los ojos, sino con el corazón. Sólo entendible para dos personas… Y… Y… –Dana hace una pequeña pausa mientras Self la observaba con atenta devoción, sin la menor intención de interrumpirla–. Y creo que así es el amor… Un sentimiento carente de razón, ajeno e inentendible para cualquiera que no sea vos o yo. Por eso es tan hermoso… Porque es algo únicamente nuestro –Dana acercó una mano al corazón de Self–. Tuyo –y luego se la acercó al propio– y mío… –terminó diciendo la princesa.
Self permaneció observándola, anonadado por sus palabras. Las lagrimas que antes enjugaban sus ojos desbordaron los mismos y rodaron por sus mejillas. Dana no se lo esperaba; ante la sorpresa, acarició el rostro de su amado, secando su mejilla con la suave palma de su mano.
–¿Estáis?… ¿Estáis bien? –musitó la joven, casi instintivamente.
Self dio un suspiro y se pasó el reverso de ambas manos sobre sus parpados.
–Es que… –comenzó el joven sin poder terminar. Su garganta estaba anudada y las palabras apenas podían pasar por ella. Trató de calmarse nuevamente; tras un instante, prosiguió– . Es que… es que soy tan feliz a vuestro lado. Tan feliz aquí y ahora que ya no puedo pedir nada más en la vida. Y… y tengo miedo de no merecerlo…
Dana lo abrazó inmediatamente, apretujando sus ropas.
–Si sentís que mis palabras son sólo un espejo de vuestros sentimientos y yo siento lo mismo de las vuestras, es porque nuestro amor es merecido. Tan grande como solitario… Tan bello como único…
Ambos volvieron a sonreír, dejando nuevamente que sus cuerpos hablen por ellos, besándose y acariciándose por otro largo rato. Luego se separaron y se recostaron sobre los escombros del molino, aún tomados de las manos, para dedicarse simplemente a observar el majestuoso paisaje delante suyo. Sin decir ni hacer nada, el hecho de estar juntos parecía ser suficiente.
Al cabo de varios minutos, Self tomó entre sus manos la extraña flor que le obsequió Dana junto con el poema y se la llevó bien cerca del rostro para mirarla con detalle. Así permaneció otros largos minutos, hasta que su voz rompió con el apacible silencio.
–Aunque ya está seca, aún se distingue su beldad… Jamás había visto esta flor…
            Dana se volteó para mirarla y sonrió.
            –Y espero que esa sea la única… –musitó la princesa, al tiempo que recibía la mirada curiosa de Self. Luego prosiguió–. Os contaré... Hace mucho que la conservo y siempre la he cuidado como algo muy especial. Mi padre, años atrás, cuando yo era apenas una niña, me la entregó –Dana se queda pensando un instante y aclaró–. En realidad yo se la pedí. Una vez realizó un largo viaje y al volver trajo aquella flor. Y al verla, me encantaron su color y viveza, y se la pedí. Él me confesó que, en realidad, la había traído para depositarla sobre la tumba de mi madre; pero que seguro ella estaría mucho más contenta si me la daba a mí, por lo que me la entregó. Así la conserve dentro de un libro, por varios años, hasta que un día yo me hice la misma pregunta que vos. Jamás vi otra flor igual y decidí preguntarle a mi padre dónde la obtuvo. Para ese entonces, yo ya había decidido cumplir las funciones de sacerdotisa en el templo de Ishk; sólo faltaban tres meses para mi partida –Tomó una breve pausa y continuó–. Ahí me dijo que aquel viaje que había hecho; del cual volvió con la flor; fue a la torre del monte Iveria y me señalo a lo lejos, sobre las montañas Eternas, una pequeña mancha oscura y borrosa. Esa era la torre de Iveria. Mazmorra secreta, que sólo se usa para confinar hasta la muerte a los hombres embriagados en maldad, que han hecho especial daño a Gore y a su familia real. Y de ahí tomó la flor… Flor que sólo nace en la cima del monte Iveria… Mi padre me contó que hasta brota de los muros, pero que él tampoco la había visto crecer en otro lado.
            –¿Dónde? –inquirió Self, mirando hacia las montañas lejanas.
            Dana señaló con su brazo a una de las cúspides y Self pudo distinguir la pequeña mancha oscura, aunque lejos de diferenciar si aquello era una torre o no.
            –¿Qué ironía no? –clamó Dana, mientras Self volvía su mirada hacia ella–. Que una flor tan bella sólo crezca alrededor de una mazmorra… Donde un hombre es castigado con su sufrimiento y dolor, siendo la muerte su única posibilidad de redención, la cual aguarda en triste soledad… Luego mi padre me dijo algo que aún me conmueve… Me dijo que estas flores crecían allí porque eran fruto de los llantos de los hombres penitentes. Que sólo de la peor maldad podía surgir el mayor arrepentimiento, por eso sólo crecían allí, la peor mazmorra conocida…
Self no dijo nada, sólo apretujó sus manos entre las suyas para levantarle el ánimo, que luego de haberle contado el origen de la flor parecía haberse entristecido.
–Y como el poema era sobre una flor, decidí regalárosla –continuó Dana.
Self la besó y el rostro de la joven volvió a iluminarse con una sonrisa.
–La conservaré siempre junto a mí… Y si alguna vez nos toca estar separados,  la llevare bien cerca de mi corazón, para sentiros a mi lado todo el tiempo –expresó Self.
Tras decir esto, bajó la cabeza y buscó con la mirada entre la hierba. Estiró su brazo y tomó una flor, tan simple y común como todas las flores que inundaban aquella colina.
–Tomad… esta es para vos. Una simple flor común al resto, pero que desea estar junto a vos… Como yo…
–Desde el momento en que la tomasteis de la hierba, dejó de ser una simple flor… –susurró la princesa con una sonrisa.